El vestido de seda azul que tanto me había costado elegir para nuestro décimo aniversario ahora colgaba, de la manera más vulgar, de los hombros de una mujer que no era yo.
El aire acondicionado del ático soplaba con una frialdad que se me metía en los huesos, pero no era nada comparado con el hielo que sentí en el pecho al ver a Roberto.
Él no se movió.
Se quedó ahí, con la copa de vino a medio camino hacia sus labios, mientras la luz tenue de las velas bailaba en sus ojos llenos de pánico.
Valeria, en cambio, ni siquiera se inmutó; dejó escapar una risita cínica y se reclinó en la silla de terciopelo, cruzando las piernas con una parsimonia que me revolvió el estómago.
—Camila, qué sorpresa —soltó Roberto al fin, con la voz quebrada—, se supone que estarías en casa de tu madre hasta mañana.
—Se supone —repetí, y mi propia voz me sonó extraña, como si viniera de otra persona, de una mujer que no estaba a punto de desmoronarse—. Pero mi madre se sintió mejor y decidí que no había mejor forma de celebrar nuestro éxito que dándote una sorpresa en tu famosa «junta de negocios».
Mis ojos se clavaron en Valeria.
Ella llevaba mi vestido, el diseño exclusivo que Roberto me había jurado que era solo para mí, el que guardaba en el fondo del armario para una ocasión que, según él, aún no llegaba.
—¿Te gusta? —preguntó Valeria, pasando una mano por la tela de seda con una caricia lenta y provocadora—. Roberto me dijo que estaba acumulando polvo y que a una mujer como yo le sacaría más provecho.
—Es mi vestido, Valeria —dije, dando un paso hacia la mesa—. Es mi ropa, es mi esposo y, por lo que veo, es mi dinero el que pagó esta cena de cinco tiempos.
Roberto intentó levantarse, pero el pánico lo mantenía pegado al asiento.
El ático, un lugar que él presumía como su nueva oficina de «proyectos especiales», olía a una mezcla de perfume caro y traición.
No había carpetas, no había contratos, no había socios comerciales.
Solo había una mesa servida para dos, música suave de jazz de fondo y el eco de una mentira que se había prolongado por meses.
—Cariño, no es lo que parece —balbuceó él, usando ese tono conciliador que siempre me hacía ceder—. Valeria es solo una consultora, estábamos celebrando el cierre de un trato y… bueno, ella tuvo un percance con su ropa y le presté algo de lo que tenías guardado.
—¿Un percance? —me reí, una risa seca y amarga que me raspó la garganta—. ¿Y el percance incluyó que se pusiera mis pendientes de perlas también? ¿O eso también es parte de la consultoría?
Valeria soltó una carcajada, una que cortó el aire como un cuchillo.
Se levantó con elegancia, haciendo que la seda azul brillara bajo las luces dicroicas del techo.
—Ay, Camila, por favor —dijo ella, acercándose a Roberto y poniendo una mano sobre su hombro—. Deja de hacer un drama. Entiende de una vez que un hombre como Roberto necesita a alguien que esté a su altura, no a una mujer que se la pasa cocinando y esperando en casa.
Miré a mi esposo, esperando que la defendiera, que me defendiera a mí, que dijera algo.
Pero Roberto bajó la mirada hacia el mantel blanco.
En ese momento comprendí que el hombre del que me había enamorado hace doce años ya no existía, o quizás, nunca había existido.
El tipo que estaba frente a mí era un extraño que usaba mis sacrificios para alimentar el ego de una mujer que solo buscaba el brillo de su billetera.
—Tienes razón, Valeria —dije, y por primera vez en la noche, sentí que recuperaba el control de mis piernas—. Este vestido te luce. De hecho, te queda tan bien que quiero que te lo quedes. Es un regalo de despedida.
Roberto levantó la vista, confundido.
—¿De qué hablas, Camila? Vamos a casa, hablemos de esto con calma.
—No hay nada de qué hablar, Roberto. La junta de negocios terminó —sentencié, mientras sacaba mi teléfono del bolso—. Y creo que los inversores acaban de retirar todos los fondos.
Valeria volvió a sentarse, segura de su posición, sin saber que el suelo bajo sus pies estaba a punto de desaparecer.
Ella creía que había ganado el trofeo, pero no sabía que el trofeo estaba hipotecado hasta el cuello.
Me di la vuelta para salir de aquel lugar, pero antes de llegar a la puerta, me detuve.
—Por cierto, Roberto —dije sin mirarlo—, espero que hayas disfrutado el vino. Es una cosecha muy cara. Asegúrate de pedir la cuenta pronto.
Salí del ático con el corazón latiendo a mil por hora, sintiendo el aire frío de la ciudad golpeándome la cara.
Pero no estaba llorando.
Todavía no.
Tenía un asunto pendiente que resolver antes de que las lágrimas se atrevieran a salir, algo que requería toda mi frialdad y que cambiaría el rumbo de esa noche «mágica» para ellos.
Sigue leyendo la continuación tocando el botón de abajo 👇




