Continuamos con la historia donde la dejamos, en medio de una tensión que está a punto de estallar…
Carlos se quedó mirando a Elena por un largo tiempo. Ella, segura de su poder de seducción, mantuvo la mirada, dejando que una sonrisa sugerente bailara en sus labios.
Pero la mirada de Carlos no era la de un hombre tentado; era la de un juez que acaba de escuchar un testimonio vacío.
—¿Sabes qué veo cuando te miro, Elena? —preguntó él, dando un paso hacia ella.
Ella no retrocedió. Al contrario, se irguió más, pensando que el momento del beso estaba cerca.
—Veo a una mujer que cree que el valor de las personas se mide en el gramaje del oro y en la etiqueta de la ropa —continuó Carlos, con una frialdad que empezó a calar en los huesos de la mujer—. Hablas de Lucía como si fuera un lastre, como si fuera algo «pintoresco» que se puede desechar cuando uno compra un coche mejor.
—Carlos, no lo tomes así, yo solo…
—No me interrumpas —la cortó él con una autoridad que la dejó muda—. Me dices que ella no encaja en este palacio. Y tienes razón. Ella no encaja aquí porque este lugar, con todo su lujo, es pequeño comparado con el corazón que ella tiene.
Carlos caminó hacia la estantería y tomó un pequeño objeto: una llave inglesa vieja y oxidada, enmarcada en una caja de cristal.
—¿Ves esto? Con esta llave Lucía y yo arreglamos el primer motor que nos dio de comer. Cuando no teníamos ni para el pasaje del autobús, ella caminaba diez kilómetros bajo la lluvia para llevarme un termo con café y un par de panes, porque sabía que yo no iba a parar de trabajar hasta terminar el encargo.
Elena puso los ojos en blanco, aunque por dentro empezaba a sentir una punzada de incomodidad.
—Historias de pobreza, Carlos… Todos tenemos una. Pero ya no somos esos niños hambrientos.
—Tú quizás no —replicó Carlos—. Pero yo nunca olvido de dónde vengo. Cuando mi madre enfermó y no teníamos seguro médico, Lucía vendió lo único que tenía de valor: un anillo que le había dejado su abuela. No me lo dijo. Me enteré meses después. Ella se quedó sin su herencia para que mi madre tuviera sus medicinas.
Carlos se acercó más a Elena, invadiendo ahora él su espacio, pero no con intención romántica, sino con una presencia imponente que la hacía sentir pequeña por primera vez en su vida.
—Ella estuvo cuando mis manos estaban llenas de llagas. Ella estuvo cuando el banco nos iba a quitar la casa. Ella estuvo cuando nadie, absolutamente nadie, creía que mis ideas valían un centavo. ¿Dónde estabas tú, Elena, cuando yo dormía en el piso de un taller para ahorrar calefacción?
Elena intentó recuperar su compostura, ajustándose el vestido.
—Eso no es justo. Yo no te conocía entonces. Estoy aquí ahora, para disfrutar de lo que has logrado.
—Exacto. Estás aquí para el banquete —dijo Carlos con una risa amarga—. Pero Lucía estuvo en la cocina, aguantando el humo, el calor y el hambre conmigo. Ella ayudó a poner cada ladrillo de esta empresa. Si yo soy un «hombre de éxito» como dices, es porque ella fue el cimiento de ese éxito.
Elena soltó una carcajada forzada, tratando de ocultar que sus manos empezaban a temblar ligeramente.
—¡Ay, por favor! Qué sentimentalismo tan barato. Los hombres como tú siempre dicen eso, pero al final del día, buscan la frescura, buscan lo nuevo. Lucía ya no te da eso. Mírala, siempre está cansada, siempre hablando de ahorros. ¿No te aburre?
Carlos se quedó en silencio un momento, y por un segundo, Elena pensó que lo había quebrado. Pensó que la lógica del placer ganaría sobre la lealtad.
—Lo que tú llamas aburrimiento, yo lo llamo paz —respondió él finalmente—. Lo que tú llamas frescura, yo lo llamo fachada. Tú eres como un escaparate de tienda de lujo: hermosa por fuera, pero vacía si no hay alguien que compre lo que exhibes.
Elena sintió que el insulto la golpeaba en la cara. Su expresión cambió de la seducción a la furia en un parpadeo.
—¡No te atrevas a hablarme así! Te estoy ofreciendo algo que ella nunca podrá darte. Te estoy ofreciendo estatus social, contactos que ella ni siquiera sabe que existen. ¡Ella te hace quedar como un campesino con suerte cada vez que abre la boca en una reunión!
Carlos sonrió de verdad por primera vez en la noche, pero era una sonrisa llena de lástima.
—Prefiero mil veces ser un campesino con suerte y leal, que un caballero de alcurnia rodeado de serpientes que solo esperan a que mi cuenta bancaria baje para irse con el siguiente mejor postor.
Él caminó hacia el teléfono de su escritorio y presionó un botón.
—¿Qué haces? —preguntó Elena, confundida.
—Hago lo que debí hacer en cuanto entraste aquí con tus insinuaciones —dijo él, sin mirarla—. Lucía no está en la casa, es cierto. Pero ella no es tonta. Y yo no soy un traidor.
Elena frunció el ceño, sin entender a qué se refería. En ese momento, la puerta de la oficina se abrió suavemente. No era un guardia de seguridad, ni un empleado.
Era una mujer joven, vestida de manera sencilla, sosteniendo una tableta en sus manos. Era la asistente personal de Carlos, pero su mirada no era la de una empleada común.
—Señor —dijo la asistente—, la transmisión ha sido perfecta. La señora lo ha visto todo desde el hospital.
Elena sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Su rostro, antes perfectamente maquillado y seguro, se tornó pálido, casi grisáceo.
—¿Transmisión? —balbuceó—. ¿De qué estás hablando?
Carlos señaló una pequeña cámara oculta en la estantería, justo al lado de la foto vieja de él y Lucía.
—Instalamos este sistema de seguridad hace un mes, después del último intento de robo en la oficina —explicó Carlos con una calma aterradora—. Lucía tiene acceso desde su teléfono. Ella me pidió que no lo hiciera, que confiaba en mí, pero yo insistí. No porque no confiara en mi lealtad, sino porque sabía que personas como tú intentarían aprovechar su ausencia.
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