Elena deslizó sus dedos largos y perfectamente manicurados por el borde de la copa de cristal, observando cómo el vino tinto se agitaba con una elegancia hipnótica.
El silencio en la mansión era absoluto, roto únicamente por el siseo del aire acondicionado y el latido acelerado de una ambición que ella ya no se molestaba en ocultar.
Frente a ella, Carlos mantenía la mirada fija en el gran ventanal que mostraba las luces de la ciudad, esas mismas luces que ahora parecían pertenecerle por completo.
—Carlos, querido, no tienes por qué estar tan tenso —susurró Elena, poniéndose de pie con la gracia de una depredadora que sabe que su presa no tiene escapatoria—. Lucía no está. Se ha ido a cuidar a su madre y todos sabemos que ese viaje será largo. Muy largo.
Carlos no se movió. Su espalda, ancha y firme bajo una camisa de seda que costaba más de lo que él solía ganar en un año entero hace una década, parecía una muralla infranqueable.
Elena se acercó un paso más, dejando que el aroma de su perfume francés, intenso y costoso, invadiera el espacio personal del hombre.
—Mírate —continuó ella, rodeándolo lentamente—. Eres el hombre más exitoso de este círculo. Tienes el mundo a tus pies. Las empresas, las cuentas bancarias, el respeto de todos… Mereces a alguien que esté a tu altura, alguien que sepa lucir estos lujos con la sofisticación que se requiere.
Ella se detuvo justo detrás de él, lo suficientemente cerca como para sentir el calor de su cuerpo, pero sin llegar a tocarlo todavía.
Disfrutaba del juego del suspenso. Sabía que era hermosa, sabía que su vestido de diseñador resaltaba cada curva y que cualquier hombre en esa ciudad daría la mitad de su fortuna por una noche con ella.
—Lucía es… —Elena hizo una pausa dramática, buscando la palabra exacta para herir sin parecer vulgar—… pintoresca. Una buena mujer, no lo dudo. Pero se quedó atrapada en el pasado. Sigue usando esos zapatos de oferta y se emociona por una cena en un lugar común. Ella no encaja en este palacio, Carlos. Tú lo sabes, y yo lo sé.
Carlos finalmente giró la cabeza, pero no para mirarla a ella, sino para observar un pequeño portarretratos de madera vieja que desentonaba terriblemente con la decoración minimalista y lujosa de la oficina.
En la foto, un Carlos mucho más joven, con el rostro manchado de grasa y una sonrisa genuina, abrazaba a una Lucía despeinada frente a un puesto de comida callejera.
Elena soltó una risita seca, casi imperceptible.
—Esa foto debería estar en un museo del recuerdo, no aquí —dijo ella, estirando la mano para tocar el hombro de Carlos—. Esta noche podemos empezar a escribir una historia nueva. Una historia de poder, de belleza, de verdadera clase. Olvida las obligaciones por un momento. Nadie tiene por qué saberlo. Solo somos tú, yo y esta noche que parece diseñada para nosotros.
Él bajó la mirada hacia la mano de Elena. Sus uñas rojas resaltaban contra la tela oscura de su camisa. Carlos suspiró, un sonido profundo que parecía arrastrar años de cansancio y recuerdos acumulados.
—¿De verdad crees que esto se trata solo de dinero, Elena? —preguntó él, con una voz tan baja que ella tuvo que inclinarse para escucharlo.
—Se trata de evolución, Carlos. De dejar atrás lo que ya no te sirve para abrazar lo que te pertenece por derecho —respondió ella, convencida de que tenía la victoria en sus manos.
Elena se sintió triunfante. Había estudiado cada movimiento, había esperado el momento exacto en que Lucía saliera de la ciudad para lanzar su anzuelo.
Ella creía que los hombres, una vez que alcanzan la cima, buscan trofeos para exhibir, y ella se consideraba el trofeo más brillante de la vitrina.
Sin embargo, no se percató de que la mandíbula de Carlos se tensaba y que sus ojos, lejos de brillar con deseo, se oscurecían con una mezcla de decepción y una fría determinación que ella no supo interpretar.
—Me ofreces una noche —dijo Carlos, finalmente dándose la vuelta para encararla—. Me ofreces belleza y «clase». Me hablas de evolución como si mi vida fuera un sistema operativo que necesita una actualización.
Elena sonrió, mostrando sus dientes perfectos, creyendo que el coqueteo estaba funcionando.
—Exactamente. Un hombre como tú necesita una mujer que no solo lo acompañe, sino que lo potencie.
Carlos dejó su copa de cristal sobre el escritorio de mármol con un golpe seco que resonó en toda la habitación. El sonido fue como un disparo en medio de la noche.
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