El aire acondicionado de la cabina de primera clase siseaba suavemente, pero no era suficiente para enfriar la rabia que emanaba de Mateo.
Con sus dedos apretados sobre el borde del asiento de cuero, el joven de apenas veinticinco años clavó su mirada llena de desprecio en el hombre que tenía enfrente.
Don Alberto, un hombre de unos setenta años, con la piel surcada por el tiempo y una sencilla camisa de lino que ya acusaba varios lavados, sostenía con manos temblorosas un viejo libro de cuero.
—¿No me escuchaste, viejo? —ladró Mateo, elevando la voz lo suficiente para que los demás pasajeros de la zona VIP dejaran de mirar sus tablets—. Te dije que te movieras. Este no es tu lugar.
Don Alberto levantó la vista lentamente. Sus ojos, nublados por los años pero cargados de una paz inexplicable, miraron al joven con una mezcla de curiosidad y lástima.
—Hijo, mi boleto dice que este es el 4A —respondió el anciano con una voz suave, casi un susurro que se perdía en la inmensidad del avión.
Mateo soltó una carcajada seca, cargada de veneno. Se ajustó el reloj de oro en su muñeca izquierda, asegurándose de que el brillo golpeara los ojos del hombre mayor.
—¿Tu boleto? No me hagas reír. Un tipo que huele a jabón barato y usa zapatos que parecen sacados de una basura no tiene para pagar los doce mil dólares que cuesta este asiento.
El joven se inclinó hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Don Alberto. El olor a perfume caro y arrogancia inundó el aire.
—Seguro te colaste mientras las azafatas no veían, o quizás te equivocaste de avión. Los de tu clase van allá atrás, pegados al baño, donde el ruido del motor no te deja pensar. ¡Quítate de aquí ahora mismo!
Don Alberto no se movió. Simplemente abrazó su libro contra el pecho. A su alrededor, los demás pasajeros empezaban a murmurar.
Una mujer elegante en el asiento 2B soltó un suspiro de fastidio, mientras un ejecutivo de maletín rígido miraba su reloj, impaciente por el retraso del despegue.
Mateo, sintiéndose validado por el silencio de los demás, decidió escalar la agresión. Puso una mano sobre el hombro del anciano, apretando con una fuerza innecesaria.
—No voy a decírtelo otra vez. Estás ensuciando el cuero de este asiento. Si no te levantas tú, te voy a levantar yo por las malas.
—Por favor, joven —dijo Don Alberto, manteniendo la calma a pesar de que sus dedos temblaban un poco más—. Solo quiero viajar en paz. He esperado mucho este vuelo.
—¡Y yo he pagado mucho para no tener que ver a gente como tú frente a mí! —gritó Mateo, perdiendo los estribos—. ¡Azafata! ¡Venga aquí ahora mismo!
Sofía, una jefa de cabina con años de experiencia, se acercó rápidamente. Su rostro mostraba la tensión de quien sabe que un conflicto en tierra es un problema, pero un conflicto a diez mil metros de altura es una tragedia.
—¿En qué puedo ayudarlo, caballero? —preguntó Sofía, mirando alternativamente al joven furioso y al anciano sereno.
—Saque a este indigente de mi vista —ordenó Mateo, señalando a Don Alberto con el dedo índice—. Está usurpando un lugar en primera clase. Es obvio que no pertenece aquí. Mírelo, ni siquiera tiene una maleta de marca.
Sofía miró a Don Alberto. El anciano le dedicó una pequeña y casi imperceptible sonrisa. Ella pareció dudar por un segundo, abriendo la boca para hablar, pero Mateo la interrumpió.
—Si no lo sacan ahora, llamaré a mi padre. Él es socio mayoritario de la constructora que hace los hangares de esta aerolínea. Una llamada mía y estarás buscando trabajo en una low-cost para mañana.
La amenaza flotó en el aire como una densa niebla. Sofía palideció. Miró el carné de identidad de Don Alberto que él, con mucha calma, había sacado de su bolsillo de la camisa.
—Señor, yo… —empezó a decir Sofía, pero su voz se quebró.
Mateo, interpretando el silencio de la azafata como una victoria, agarró el brazo de Don Alberto y tiró de él hacia el pasillo.
—¡Vamos, afuera! Te vas a económica o te vas del avión, pero aquí no te quedas. ¡Muévanse, anciano!
El empujón fue lo suficientemente fuerte como para que Don Alberto tropezara en el pasillo estrecho. Su libro cayó al suelo, abriéndose en una página que contenía una foto antigua de una familia sonriente frente a un pequeño hangar.
Mateo pisó la foto sin darse cuenta, o quizá haciéndolo a propósito, mientras seguía gritando improperios que llenaban la cabina de una energía oscura y violenta.
—¡No perteneces a este mundo, abuelo! ¡Entiéndelo! El dinero manda, y tú no tienes ni para el café de la terminal.
En ese preciso instante, la puerta de la cabina de mando se abrió. Un silencio sepulcral cayó sobre la zona VIP, interrumpido únicamente por el sonido de las botas del Capitán golpeando el suelo alfombrado.
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