Historias conmovedoras que Tocan el Alma
Historias Tristes

El oscuro secreto en el ático: cuando la mujer que amas se convierte en tu peor pesadilla

Continuamos con la historia donde la dejamos, en el momento en que la sospecha se convierte en una amarga certeza…

Mateo se soltó del agarre de Valeria con una fuerza que ella no esperaba. La mujer tropezó hacia atrás, golpeándose contra el marco de la puerta. Su rostro, antes hermoso y elegante, se transformó en una máscara de odio y rabia contenida.

—¡Mateo, vuelve aquí ahora mismo! —chilló ella, pero él ya no la escuchaba.

Su corazón latía con una fuerza ensordecedora. Cada fibra de su ser le decía que algo terrible estaba ocurriendo justo encima de su cabeza. Corrió hacia el pasillo donde se encontraba la cuerda de la escalera retráctil. Sus manos sudaban, dificultándole el agarre, pero finalmente logró tirar de ella. La escalera de madera bajó con un chirrido que pareció un grito de agonía en medio del silencio de la cabaña.

—¡Si subes por esa escalera, lo nuestro se acaba! —amenazó Valeria desde la sala, con una voz que vibraba de pura maldad—. ¡Te arrepentirás el resto de tu vida, te lo juro por Dios!

Mateo no respondió. Empezó a subir los peldaños de dos en dos. El aire en el ático era denso, cargado de polvo y un olor metálico que le revolvió el estómago. Al llegar arriba, la oscuridad era casi total, apenas interrumpida por unos hilos de luz de luna que se filtraban por las tejas rotas.

Tanteó la pared hasta encontrar el interruptor de una bombilla desnuda que colgaba del centro del techo. Al encenderla, la luz amarillenta reveló una escena que le destrozó el alma.

Allí, en un rincón, atado a una vieja silla de madera con sogas que le cortaban la circulación, estaba su padre.

Don Aurelio estaba irreconocible. Su rostro, antes lleno de vida y sabiduría, estaba pálido y demacrado. Tenía una venda sucia rodeándole la cabeza para sostener una mordaza de tela que le impedía hablar. Sus ojos, sin embargo, estaban bien abiertos. Al ver a su hijo, una mezcla de alivio y terror infinito inundó su mirada.

—¡Papá! —el grito de Mateo fue un desgarro de dolor puro.

Se lanzó hacia él, cayendo de rodillas. Sus dedos torpes empezaron a desatar los nudos frenéticamente. Don Aurelio emitía sonidos guturales tras la mordaza, sacudiendo la cabeza con desesperación, como intentando advertirle de algo.

—Tranquilo, viejo, ya estoy aquí. Perdóname, ¡por Dios, perdóname! —sollozaba Mateo mientras lograba quitarle la tela de la boca.

En cuanto la mordaza cayó al suelo, el anciano no gritó, ni lloró. Con una fuerza sobrehumana nacida de la agonía, Don Aurelio agarró a su hijo por la solapa de la chaqueta y lo acercó a su rostro. Su mirada se desvió por un segundo hacia el espectador invisible, hacia cualquiera que pudiera escuchar su verdad, como si quisiera que el universo entero fuera testigo de la monstruosidad que había vivido.

—¡Hijo, huye! —logró articular con una voz que sonaba como arena arrastrada por el viento—. ¡Ella… ella es un monstruo! No me abandonó la vida, Mateo… ella me trajo aquí. Me drogó, me encerró… quería que muriera de hambre para que tú heredaras todo y ella pudiera quitártelo. ¡Es un demonio vestido de mujer!

Mateo sintió que el mundo giraba. La mujer con la que había compartido su cama, sus sueños y sus secretos, había tenido a su padre secuestrado a pocos metros de él mientras le mentía en la cara, mientras le decía que su padre lo odiaba.

—¿Por qué? —preguntó Mateo, con la mente nublada por el shock—. ¿Por qué te haría esto?

—Por el dinero, hijo. Por el seguro de vida y las tierras de la familia —dijo Don Aurelio, mientras las lágrimas finalmente empezaban a surcar sus arrugas—. Me decía cada día que tú ya me habías olvidado, que estabas de acuerdo con esto. Me torturaba diciéndome que mi propio hijo quería verme muerto.

Un crujido en la escalera hizo que ambos se congelaran. Mateo se giró lentamente. Allí, en lo alto de la escalera, asomaba la cabeza de Valeria. Pero ya no era la Valeria que él conocía. Su cabello estaba desordenado, sus ojos inyectados en sangre y en su mano derecha sostenía un pesado atizador de hierro que había tomado de la chimenea.

—Vaya, vaya… —dijo ella con una calma que resultaba más aterradora que cualquier grito—. El momento familiar se ha arruinado. Qué lástima, Mateo. Podríamos haber sido tan felices con todo ese dinero. Podríamos haber viajado por el mundo, olvidando a este viejo estorbo.

—¡Estás loca! —rugió Mateo, poniéndose de pie para proteger a su padre—. ¡Voy a llamar a la policía! ¡Vas a pudrirte en la cárcel por esto!

Valeria soltó una carcajada estridente que resonó en las paredes del ático.

—¿La policía? ¿En medio de esta tormenta? —señaló hacia las tejas, donde el viento empezaba a rugir con fuerza—. Para cuando alguien llegue aquí, solo encontrarán una tragedia. Un hijo desconsolado que, en un arrebato de locura tras encontrar a su padre muerto, decidió quitarse la vida también. Un accidente doméstico, un incendio… el fuego limpia muy bien las pruebas, ¿no crees?

Valeria empezó a subir los últimos peldaños, blandiendo el atizador con una determinación asesina. Mateo miró a su alrededor buscando algo para defenderse, pero el ático estaba lleno de cajas de cartón y recuerdos inútiles. Estaban atrapados.

—¡No te acerques! —advirtió Mateo, pero su voz temblaba.

—¿Vas a golpearme, Mateo? ¿Tú? —se burló ella, avanzando un paso más—. Si no tuviste el valor de enfrentar a tu padre cuando estaba vivo, mucho menos tendrás el valor de enfrentarme a mí. Siempre fuiste débil, un títere en mis manos. Y los títeres que ya no sirven, se cortan las cuerdas.

Don Aurelio, a pesar de su debilidad, intentó levantarse de la silla, pero sus piernas no le respondieron y cayó pesadamente al suelo. Ese pequeño ruido distrajo a Valeria por una fracción de segundo, y Mateo, impulsado por un instinto de supervivencia y un amor filial que había sido pisoteado, se lanzó contra ella.

El impacto los llevó a ambos contra una pila de maderas viejas. El atizador de hierro voló por los aires, golpeando una de las vigas y cayendo al vacío por el hueco de la escalera. Valeria forcejeaba con una fuerza inhumana, arañando el rostro de Mateo y gritando obscenidades que él nunca hubiera imaginado que saldrían de su boca.

—¡Te odio! —chillaba ella—. ¡Odio tu debilidad y odio a tu estúpido padre! ¡Merecen morir los dos!

Mateo logró inmovilizarle las manos contra el suelo, pero Valeria era como una anguila. En un movimiento desesperado, ella le propinó un cabezazo que dejó a Mateo aturdido. Ella aprovechó el momento para zafarse y correr hacia el rincón donde estaba el cuadro eléctrico del ático.

—Si no puedo tener el dinero —gritó ella con los ojos desorbitados—, ¡entonces nadie saldrá vivo de aquí!

Con un movimiento violento, arrancó los cables expuestos, provocando una lluvia de chispas que cayeron directamente sobre un montón de periódicos viejos y paja seca que había en una esquina. Las llamas brotaron instantáneamente, lamiendo las paredes de madera seca de la cabaña.

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