La mirada de Julián no se apartó de la de ella, pero el silencio que siguió a sus palabras pesaba más que el mismo aire gélido del cobertizo.
Elena tenía los ojos empañados, un brillo de desesperación que cortaba la penumbra, mientras sus manos buscaban el calor de los brazos de aquel hombre que siempre había sido su sombra, su confidente silencioso.
—Dilo, Julián… —susurró ella, y su aliento formó una pequeña nube de vapor en el frío de la noche—. No me digas que no sientes este fuego que me está consumiendo los huesos.
Julián sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima; era el terror de cruzar una línea de la que no habría retorno.
Él dio un paso atrás, permitiendo que la luz amarillenta y mortecina que colgaba del techo del cobertizo iluminara las herramientas de carpintería y el aserrín que cubría el suelo.
Aquel lugar olía a madera cortada, a aceite de motor y a recuerdos de tardes enteras trabajando codo a codo con Mateo, el hombre que le había dado todo.
—Elena, por favor, vuelve a la casa —respondió Julián con una voz que intentaba ser firme, pero que traicionaba un rastro de dolor profundo—. Esto no está bien. Estás confundida por la soledad.
—¡No es soledad, es hambre de sentirme viva! —gritó ella en un susurro desgarrador, dando un paso hacia él, acortando de nuevo la distancia—. Mateo ya no me ve. Soy un mueble más en esa sala. Un adorno que limpia su ropa y le sirve la cena. Pero tú… tú me miras como si supieras exactamente qué hay en mi alma.
Julián apretó los puños a los costados, sintiendo cómo las cicatrices en sus nudillos, aquellas que se hizo trabajando años atrás para levantar el negocio con su socio, comenzaban a picar.
Recordó el día que Mateo lo sacó de la calle, cuando no era más que un muchacho con hambre y sin rumbo, dándole un techo, un oficio y, sobre todo, una familia.
Elena se acercó tanto que él podía oler el aroma a jazmín de su cuello, un perfume que inundaba el espacio cerrado y lo envolvía como una trampa de seda.
Ella colocó una mano temblorosa sobre el pecho de Julián, justo encima de su corazón, que latía con la fuerza de un animal atrapado.
—Siento cómo late, Julián. No mientas. Tu cuerpo sabe que me perteneces tanto como yo te pertenezco a ti —dijo ella, con las lágrimas rodando finalmente por sus mejillas.
El silencio volvió a reinar, roto solo por el sonido de la lluvia fina que empezaba a golpear el techo de chapa del cobertizo, creando una atmósfera de aislamiento total.
Julián cerró los ojos por un segundo, permitiéndose imaginar, solo por un instante prohibido, cómo sería simplemente rendirse a ese impulso y besar a la mujer de su mejor amigo.
La idea era un veneno dulce, una tentación que prometía aliviar años de deseos reprimidos y miradas robadas durante las cenas familiares.
Pero en la oscuridad de su mente, apareció la imagen de Mateo, el hombre que lo llamaba «hermano» antes de llamarlo «socio».
Vio a Mateo sonriendo, entregándole las llaves de su primera camioneta, celebrando juntos el primer contrato grande que salvaría sus finanzas.
La lealtad no era para Julián una palabra vacía; era la piel que lo cubría, la única razón por la que podía mirarse al espejo cada mañana sin sentir asco.
—Elena, lo que pides es un incendio que va a reducir a cenizas todo lo que hemos construido —dijo él, abriendo los ojos, que ahora estaban secos y fríos como el mármol.
—¡Ya estoy hecha cenizas! —exclamó ella, agarrando las solapas de la chaqueta de Julián—. ¿No lo entiendes? Mateo no me ama. Él ama el negocio, ama el dinero, ama el prestigio. Tú eres el único que se preocupa por si comí, por si dormí, por si estoy triste.
Él sintió el peso de esas palabras porque sabía que eran, en gran parte, ciertas; Mateo se había vuelto un hombre pragmático y distante, obsesionado con el éxito.
Sin embargo, Julián también sabía que el descuido de un hombre no justificaba la traición de un hermano, y que el deseo de una mujer herida no podía ser la excusa para destruir un hogar.
La lluvia arreció, golpeando con más fuerza el cobertizo, mientras Elena esperaba una respuesta que le devolviera la esperanza, o que terminara de romperla para siempre.
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