Continuamos con la historia justo en el momento en que la tensión alcanzaba su punto más alto…
Julián la tomó suavemente de las muñecas para apartar sus manos de su pecho, con una delicadeza que dolía más que un empujón brusco.
Sus dedos rodearon los huesos finos de la mujer, y por un momento, Elena pensó que él cedería, que la atraería hacia sí y que el mundo se detendría en ese cobertizo.
Pero Julián no la atrajo; simplemente la mantuvo a una distancia prudente, mirándola con una mezcla de compasión y firmeza inquebrantable.
—Tú ves lo que te falta en casa y crees encontrarlo en mí, pero lo que sientes por mí no es amor, Elena, es una vía de escape —sentenció él con una calma que parecía irreal.
—¿Cómo puedes decir eso? —preguntó ella, con la voz quebrada—. Tú sabes lo que hemos compartido. Esas largas charlas mientras él no estaba, las veces que nos cuidamos el uno al otro…
—Lo hicimos porque somos familia —interrumpió Julián con dureza—. Porque Mateo confió en mí para protegerte, no para robarte.
Elena soltó una risa amarga, una carcajada seca que se perdió entre el ruido de la tormenta que ahora azotaba las paredes de madera del lugar.
—»Protegerte»… qué palabra tan noble para ocultar que tienes miedo de ser un hombre —le escupió ella, tratando de herirlo donde más le doliera—. Tienes miedo de ser feliz porque le debes la vida a un hombre que ya ni siquiera se acuerda de quién eres.
Julián apretó la mandíbula hasta que sintió un dolor sordo en los oídos, pero no permitió que la provocación lo hiciera perder los estribos.
Él sabía que Elena estaba hablando desde el dolor, desde esa herida abierta que deja el abandono emocional en un matrimonio que alguna vez fue próspero.
—Mateo me salvó la vida, Elena. Literalmente —dijo Julián, bajando el tono de voz hasta que casi fue un susurro—. Estas cicatrices que tengo en la espalda no son de trabajo. Son del día que el andamio cedió y él se lanzó para empujarme, recibiendo él la mayor parte del golpe.
Elena se quedó callada, con los ojos muy abiertos; era una historia que Mateo nunca contaba, un pacto de silencio entre hombres que ella desconocía.
—Él estuvo en el hospital tres meses por mi culpa —continuó Julián, sintiendo cómo el recuerdo le apretaba la garganta—. Y mientras él se recuperaba, tú y yo rezábamos juntos. ¿Recuerdas?
Ella asintió levemente, recordando aquel invierno gris en el que la incertidumbre los había unido más que nunca, pero ella lo veía como el inicio de su romance, no como el sello de su deuda.
—Esa vez, cuando me mirabas a los ojos en la sala de espera, yo sabía que estabas sufriendo por él —dijo Julián—. Y yo prometí que nunca, por nada del mundo, le fallaría a ese hombre. Ni en el trabajo, ni en la vida, ni con su mujer.
—Pero él cambió, Julián… ya no es el mismo hombre que salvó tu vida —insistió ella, tratando de buscar una grieta en su armadura de honor.
—Todos cambiamos bajo el peso de la responsabilidad, Elena. Él trabaja dieciséis horas al día para que a ti no te falte nada, para que esta casa sea el palacio que siempre soñaste. Quizás se olvidó de las flores, pero no se olvidó de su deber.
Elena sintió una rabia fría recorrerle las venas; odiaba que Julián defendiera a Mateo, odiaba que la lealtad entre ellos fuera más fuerte que su propia feminidad herida.
Se acercó de nuevo, esta vez con una mirada desafiante, casi depredadora, y buscó los ojos de Julián con una intensidad que pretendía quemar cualquier rastro de duda.
—Dime que no me deseas —lo retó ella, con la voz cargada de una sensualidad desesperada—. Dime aquí, mirándome a los ojos, que nunca has soñado con despertarte a mi lado.
Julián sintió que el aire se le escapaba de los pulmones; mentir sería lo más fácil, pero él no era un hombre de mentiras.
La verdad era que sí, que muchas noches se había quedado despierto preguntándose cómo sería la vida si él hubiera conocido a Elena antes que Mateo.
Había soñado con su risa, con la calidez de su piel y con la posibilidad de una vida juntos, pero esos sueños siempre terminaban con el rostro de su amigo lleno de decepción.
—No importa lo que yo desee, Elena —respondió él, con una honestidad brutal que la dejó sin aliento—. El deseo es un fuego que se apaga, pero la traición es una marca que no se quita ni con la muerte.
—Eres un cobarde —dijo ella, golpeándole el pecho con los puños cerrados—. ¡Un maldito cobarde que prefiere vivir una mentira por un código de honor estúpido!
Julián recibió los golpes sin moverse, dejando que ella descargara toda su frustración sobre él, como un pararrayos que absorbe la furia de una tormenta.
Sabía que si ella no sacaba ese veneno ahora, terminaría por destruir todo lo que había a su paso, y él estaba dispuesto a ser el sacrificio necesario.
—Si ser cobarde significa proteger tu hogar y el honor de mi hermano, entonces soy el hombre más cobarde del mundo —dijo él cuando ella finalmente se detuvo, exhausta y sollozando.
Elena se derrumbó contra un banco de trabajo, cubriéndose el rostro con las manos, mientras el sonido de sus sollozos competía con el trueno que retumbó en la distancia.
Julián se quedó allí, de pie, como una estatua de madera vieja, sintiendo cómo su propio corazón se partía en mil pedazos al verla sufrir, pero sin permitirse dar el paso que lo arruinaría todo.
Afuera, la tormenta parecía estar llegando a su clímax, y en el interior del cobertizo, el destino de tres personas colgaba de un hilo delgado y tenso.
De repente, una luz cruzó el patio de la casa, iluminando a través de las rendijas de las tablas del cobertizo, y el sonido de un motor se escuchó acercándose a la entrada.
Era Mateo. Había regresado antes de lo esperado.
Descubre el desenlace final tocando el botón siguiente 👇




