Estás en la parte 2: la historia continúa con un giro que nadie esperaba…
Ricardo se hundió en una de las sillas de plástico de la sala de espera, cubriéndose el rostro con las manos para ocultar no su tristeza, sino el pánico que le desencajaba las facciones. Valeria, con una maestría digna de un premio de actuación, se arrodilló a su lado, rodeándolo con sus brazos y emitiendo unos sollozos secos, sin lágrimas, pero lo suficientemente ruidosos como para llamar la atención de los presentes.
—¡Ay, mi pobre Elena! —exclamaba ella, mientras le susurraba al oído a Ricardo—: «Sigue así, no levantes la cabeza hasta que el doctor nos hable».
La espera se sentía eterna. Valeria empezó a impacientarse. En su mente, ya estaba haciendo el inventario de las joyas de Elena, calculando cuánto podría obtener por el anillo de compromiso que, irónicamente, era un diamante de varios quilates que la familia de Elena había heredado por generaciones.
—¿Por qué tarda tanto ese estúpido médico? —susurró Valeria, su voz recuperando ese tono agrio y prepotente—. Ya debería haber salido a darnos el pésame. Necesitamos ese certificado de defunción hoy mismo para mover lo de los abogados. No quiero pasar ni una noche más en ese departamento pequeño mientras la mansión está ahí, vacía.
—Valeria, por favor, un poco de respeto —alcanzó a decir Ricardo, aunque su voz carecía de autoridad—. Acabamos de… bueno, tú sabes.
—Ay, por favor, Ricardo. No me vengas con moralismos de última hora. Lo que hicimos fue un favor. Esa mujer estaba sufriendo. Y nosotros sufríamos viendo cómo nuestro dinero se gastaba en cuentas de hospital —se quejó ella, cruzándose de brazos y mirando el reloj de la pared con ansiedad.
El ambiente en la sala de espera era denso. Una anciana que estaba sentada frente a ellos los observaba con ojos entrecerrados, como si pudiera ver a través de sus máscaras. Valeria le devolvió una mirada de desprecio, haciendo que la mujer desviara la vista.
—Mira —dijo Valeria de repente, poniéndose de pie con rapidez—. Ahí viene. Ahora sí, prepárate.
El Dr. Méndez caminaba hacia ellos. Su rostro no mostraba la pesadumbre habitual de quien va a dar una mala noticia. Al contrario, sus ojos brillaban detrás de sus anteojos y caminaba con una energía inusual. Ricardo sintió que el corazón se le detenía. ¿Y si los habían descubierto? ¿Y si las cámaras de seguridad habían captado algo?
—¡Sr. Ricardo! —exclamó el doctor, deteniéndose frente a ellos.
Valeria se aferró al brazo de Ricardo, fingiendo un temblor.
—Díganos, doctor… ¿ya terminó todo? —preguntó ella con una voz quebrada, forzando una expresión de angustia—. ¿Mi querida amiga ya descansa en paz?
El médico se detuvo un segundo. Miró a Ricardo, luego a Valeria, y de repente, en un gesto que heló la sangre de los dos villanos, giró levemente la cabeza y miró directamente al vacío, como si estuviera hablándole a una audiencia invisible detrás de una cámara. Una sonrisa enigmática se dibujó en sus labios.
—Tengo excelentes noticias —dijo el Dr. Méndez, retomando su atención hacia la pareja—. Realmente excelentes. Es algo que rara vez vemos en esta profesión, un auténtico milagro de la medicina.
Ricardo sintió que las rodillas le fallaban. Valeria, por su parte, se quedó rígida.
—¿Milagro? —repitió ella, y su voz sonó más como una amenaza que como una pregunta—. ¿A qué se refiere con milagro? El monitor… escuchamos el monitor. Ella se fue, ¿no es así?
El doctor soltó una carcajada suave, casi paternal.
—Oh, entiendo su confusión. Verán, hubo una falla técnica con el equipo de monitoreo justo cuando ustedes salieron. Una fluctuación de energía, nada de qué preocuparse. Pero lo increíble no es eso. Lo increíble es lo que pasó justo después.
Ricardo se puso de pie, impulsado por una mezcla de terror y una chispa de esperanza que no sabía que aún poseía.
—¿Qué pasó, doctor? Hable de una vez —exigió, olvidando por un momento su papel de viudo.
—Su esposa, la Sra. Elena… —el médico hizo una pausa dramática, disfrutando visiblemente del momento—. Ella despertó.
Un silencio pesado cayó sobre el pasillo. Valeria se puso tan pálida que su vestido verde parecía brillar con más intensidad en contraste con su piel.
—¿Despertó? —balbuceó Valeria—. Pero si ella estaba… ella no podía…
—Despertó justo antes de que el soporte sufriera la desconexión —continuó el médico, clavando su mirada en Ricardo—. Y no solo despertó, Sr. Ricardo. Recuperó la conciencia plena de manera inmediata. Es algo asombroso. El cerebro humano es un misterio. Parece que algo, algún estímulo externo muy fuerte, la obligó a volver.
Ricardo sintió que el mundo daba vueltas. Elena estaba viva. Pero lo peor estaba por venir.
—Ella está muy lúcida —añadió el doctor—. De hecho, lo primero que hizo fue pedir hablar con su abogado. Dijo que tenía algo muy importante que dictar antes de perder el hilo de sus pensamientos.
Valeria soltó el brazo de Ricardo como si este quemara.
—¿Su abogado? ¿Para qué querría a su abogado ahora mismo? —preguntó ella, el pánico empezando a filtrarse en su tono de voz.
—Dijo que escuchó algo —respondió el doctor con una calma que resultaba aterradora—. Dijo que, mientras estaba en ese estado de aparente inconsciencia, escuchó voces en su habitación. Voces que hablaban de su fortuna, de un «estorbo» y de planes de viaje.
Ricardo sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Miró a Valeria, buscando algún tipo de apoyo, pero ella ya estaba mirando hacia la salida, calculando su ruta de escape.
—Pero eso es imposible —balbuceó Ricardo—. Ella estaba conectada… los médicos dijeron…
—Los médicos decimos muchas cosas, Sr. Ricardo —dijo el Dr. Méndez, dando un paso hacia ellos—. Pero la voluntad de una mujer traicionada es algo que no enseñan en la facultad de medicina. Ella escuchó cada palabra. Escuchó el plan para deshacerse de ella. Y lo más importante… sintió la mano que intentó apagar su vida.
En ese momento, dos hombres vestidos de traje oscuro aparecieron detrás del doctor. No eran médicos. Sus rostros eran severos y llevaban placas en el cinturón.
—Sr. Ricardo, Srta. Valeria —dijo uno de los oficiales—. Necesitamos que nos acompañen. La Sra. Elena ha presentado una declaración formal por intento de homicidio y fraude.
Valeria intentó gritar, intentó decir que ella no había hecho nada, que todo había sido idea de Ricardo. Pero las palabras se le atascaron en la garganta cuando vio, al final del pasillo, una camilla que era empujada por dos enfermeros.
En la camilla, sentada y apoyada en varias almohadas, estaba Elena. Tenía una máscara de oxígeno colgando del cuello, pero sus ojos… sus ojos estaban más vivos que nunca. Eran dos llamas de fuego azul que atravesaron a Ricardo y a Valeria como dagas.
Elena no dijo nada. No necesitaba hacerlo. Simplemente levantó una mano débil y señaló a la pareja, un gesto de juicio final que resonó más fuerte que cualquier grito.
—Esto no puede estar pasando —susurró Valeria, retrocediendo hacia la pared—. ¡Es mi dinero! ¡Ella ya estaba muerta!
—Para tu desgracia, Valeria —dijo el doctor, volviendo a mirar a la cámara invisible con una sonrisa de satisfacción—, la verdad tiene la costumbre de despertar en el momento menos oportuno para los culpables.
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