Estás en la parte 2: la historia continúa y la tensión aumenta en cada palabra…
Marcus sostenía a Elena por los hombros, sintiendo cómo el cuerpo de su esposa temblaba violentamente, o al menos eso era lo que ella le hacía creer con su actuación magistral.
—¿Es cierto esto, Lucía? —preguntó Marcus con una voz que vibraba por la contención emocional—. ¿De verdad fuiste capaz de atacar a una mujer embarazada? ¿A tu propia cuñada?
Lucía, apoyada en sus codos sobre el suelo frío y cortante, sintió una rabia sorda crecer en su interior, una fuerza que le permitió ignorar el dolor de las heridas en su espalda.
—¡Mírame, Marcus! —exclamó Lucía, logrando finalmente sentarse entre los cristales—. ¡Mira quién está sangrando! ¡Mira quién está en el suelo! ¿De verdad crees que yo, que te he cuidado toda la vida, arriesgaría la vida de mi sobrino?
Elena se aferró con más fuerza al brazo de Marcus, enterrando su rostro en su pecho para ocultar la chispa de triunfo que cruzó sus ojos por un instante.
—Ella no quería que el bebé naciera, Marcus… me lo dijo antes de que llegaras —sollozó Elena, su voz amortiguada por la camisa de su marido—. Dijo que yo solo quería tu dinero y que este niño era un estorbo para que ella siguiera controlando tu vida.
El ambiente en la sala se volvió gélido; Marcus recordaba las advertencias que Lucía le había hecho meses atrás sobre el pasado de Elena, sobre las inconsistencias en su historia y las sospechas de que sus intenciones no eran puras.
En aquel momento, Marcus pensó que eran celos de hermana; ahora, bajo la influencia del engaño de Elena, esas advertencias se transformaban en su mente en pruebas de un odio premeditado.
—¡Eso es mentira! —gritó Lucía, logrando ponerse de pie con dificultad, dejando caer pedazos de cristal de su vestido verde, que ahora lucía jirones oscuros por la sangre—. Ella me llamó aquí para decirme que me iba a sacar de tu vida para siempre. Ella me empujó con todas sus fuerzas, Marcus, ¡me lanzó contra la mesa!
Marcus miró la mesa destrozada, un mueble de diseño italiano que ahora era poco más que escombros peligrosos; luego miró a Elena, quien mantenía una postura encogida, la imagen perfecta de la víctima indefensa.
—Lucía, vete de mi casa —dijo Marcus finalmente, con una frialdad que cortó el aire como un cuchillo—. Vete antes de que llame a la policía.
—¿Me estás echando? ¿A mí? —la voz de Lucía se quebró por el dolor de la traición—. Marcus, abre los ojos. Ella planeó esto. Ella sabía que vendrías en cualquier momento.
Elena levantó la cabeza, su rostro bañado en lágrimas, mirando a Lucía con una lástima fingida que era la provocación final.
—Por favor, Lucía, solo vete… no quiero que nada malo le pase a mi bebé por culpa de esta angustia —suplicó Elena, acariciando su vientre con una devoción que parecía sagrada.
Marcus comenzó a caminar hacia Lucía, no para ayudarla, sino para escoltarla hacia la salida, pero algo lo detuvo en seco.
Sus ojos, nublados por la confusión y la ira, se posaron por un momento en el rincón superior de la sala, cerca de las molduras doradas del techo.
Allí, casi invisible para alguien que no supiera de su existencia, parpadeaba una pequeña luz roja, un centinela silencioso que Lucía misma había insistido en instalar meses atrás, después de un intento de robo en la propiedad.
La cámara de seguridad de alta definición estaba apuntando directamente hacia el área de la mesa de cristal, capturando cada ángulo, cada movimiento y cada sonido de lo que realmente había ocurrido.
Elena, al notar que la mirada de Marcus se perdía en el techo, sintió un vuelco en el corazón; un sudor frío comenzó a perlársele en la frente, y su llanto se detuvo de forma abrupta, reemplazado por una palidez mortal.
—Marcus… querido… olvidemos esto, de verdad —intervino Elena rápidamente, tratando de recuperar la atención de su marido—. Solo quiero descansar, me siento mareada, llevemos a Lucía a la puerta y cerremos este capítulo tan triste.
Pero Marcus no se movió; su mente, entrenada para los negocios y la estrategia, comenzó a unir los puntos con una velocidad vertiginosa.
Recordó el ángulo en el que Lucía había caído. Recordó la posición de los pies de Elena. Recordó la fuerza necesaria para romper un cristal de ese grosor.
—La cámara —susurró Marcus, casi para sí mismo.
Lucía, al escuchar esas palabras, sintió un rayo de esperanza iluminar la oscuridad de su desesperación; se quedó inmóvil, observando cómo su hermano se transformaba frente a sus ojos.
Elena comenzó a hiperventilar, esta vez de forma real, al darse cuenta de que su mentira perfecta tenía una grieta insalvable.
—Marcus, no es necesario ver eso… me vas a exponer a más estrés, piensa en el bebé —insistió Elena, tirando de su brazo con desesperación—. ¡Confía en mi palabra! ¿Acaso no confías en tu esposa?
Marcus se soltó suavemente del agarre de Elena y caminó hacia el centro de la habitación, justo debajo de la cámara, antes de girarse para mirar directamente al lente, y luego a las dos mujeres.
—Confío en la verdad —respondió él, con un tono de voz que hizo que Elena retrocediera involuntariamente—. Y la verdad no tiene miedo de ser grabada.
Marcus sacó su teléfono celular, el cual estaba vinculado directamente al sistema de seguridad de la casa, y sus dedos comenzaron a deslizarse sobre la pantalla con una determinación aterradora.
El silencio en la sala era tan absoluto que se podía escuchar el goteo de la sangre de Lucía sobre el suelo, un metrónomo macabro que marcaba el fin de una farsa.
Elena miraba el teléfono de Marcus como si fuera una granada a punto de explotar, su mente trabajaba a mil por hora buscando una salida, una nueva mentira, un nuevo drama que pudiera salvarla.
—¡Espera! —gritó Elena, cuando Marcus estaba a punto de presionar el botón de reproducción—. ¡Marcus, antes de que veas eso, tengo algo que decirte!
Descubre el desenlace final tocando el botón siguiente 👇




