Estás en la segunda parte: la historia continúa y la tensión alcanza su punto máximo…
El silencio que siguió a las palabras de Don Ricardo fue sepulcral. En la inmensidad de la finca, los grillos parecieron dejar de cantar, como si la naturaleza misma estuviera conteniendo el aliento ante la tragedia que se avecinaba.
«Jefe, le juro que todo es un malentendido», suplicó Mateo, cayendo de rodillas sobre la misma tierra que labraba cada mañana. «Ella… yo… no queríamos…».
Don Ricardo soltó una carcajada seca, carente de cualquier rastro de humor. Era un sonido metálico que golpeó las paredes de la mansión. «Un malentendido, muchacho. ¿Es un malentendido que mi esposa te confiese que la tienes loca mientras te abraza como si fueras su salvación?».
Isabela finalmente recuperó el uso de sus piernas. Se interpuso entre su marido y el jardinero, tratando de apelar a la poca humanidad que creía que aún quedaba en Ricardo.
«No le hagas nada a él, Ricardo. Fui yo. Yo lo busqué. Yo lo provoqué», dijo con una voz que intentaba sonar firme, aunque sus manos temblaban violentamente. «Él solo es un empleado que no supo cómo decirme que no».
Ricardo miró a su esposa con una mezcla de asco y fascinación. «Siempre tan noble, Isabela. Siempre tratando de proteger a los desvalidos. Pero te olvidas de algo fundamental: en esta casa, todo lo que hay dentro de estas cercas me pertenece. Y yo decido qué se queda y qué se desecha».
El patrón se acercó a Mateo. El joven jardinero bajó la cabeza, esperando el golpe, o algo peor. Pero Ricardo no lo golpeó. En lugar de eso, puso su mano libre sobre el hombro de Mateo, apretando con una fuerza que hizo que el chico soltara un gemido de dolor.
«Mírame, Mateo», ordenó Ricardo. El joven obedeció, encontrándose con unos ojos que parecían dos pozos de petróleo negro. «Te di trabajo cuando nadie más quería contratarte. Te permití vivir en la cabaña del fondo. Te pagué las medicinas de tu madre el mes pasado. ¿Y así es como me pagas?».
La culpa se sumó al terror en el pecho de Mateo. Era verdad. Don Ricardo, a pesar de su fama de hombre duro, había sido generoso con él en momentos críticos. La traición no era solo conyugal; era una puñalada a la lealtad que un empleado le debía a su benefactor.
«Perdóneme, patrón… por lo que más quiera, perdóneme», sollozaba el muchacho. «No volverá a pasar, me iré de aquí mismo esta noche, no me verá nunca más».
«Oh, claro que te irás», dijo Ricardo con una sonrisa gélida. «Pero no será así de fácil. Las deudas de honor no se pagan simplemente haciendo las maletas. En el campo, cuando una fruta se pudre, hay que cortarla de raíz para que no contamine al resto».
Don Ricardo sacó un teléfono de su bolsillo y marcó un número corto. Mientras esperaba que contestaran, no apartó la vista de Isabela, quien sentía que el mundo se le desmoronaba. Ella sabía que su marido tenía contactos en lugares oscuros, hombres que hacían desaparecer problemas sin dejar rastro.
«Vengan al jardín de los jazmines. Ahora», dijo Ricardo al teléfono y colgó.
Isabela se lanzó a los pies de su marido. «¡Por favor, Ricardo! ¡No le hagas daño! Mátame a mí si quieres, pero él es un niño, no sabe lo que hace. ¡Te lo ruego!».
«Levántate, Isabela. No me avergüences más de lo que ya lo has hecho», respondió él, apartándola con un movimiento brusco. «Tú también vas a pagar, pero tu castigo será diferente. Vas a ver lo que sucede cuando alguien intenta robarle a Ricardo Valderrama».
Dos hombres corpulentos, vestidos con uniformes oscuros, aparecieron entre las sombras de la casa. Eran los escoltas personales de Ricardo, hombres que no hacían preguntas y solo cumplían órdenes.
«Llévenselo al granero viejo», ordenó Ricardo señalando a Mateo. «Y asegúrense de que entienda bien el concepto de propiedad privada. No quiero que lo maten, todavía no. Quiero que sienta cada segundo de su error».
Mateo gritó. Gritó por su madre, gritó por clemencia, gritó el nombre de Isabela mientras los hombres lo arrastraban por el camino de grava. Sus dedos se enterraban en la tierra, tratando de aferrarse a algo, pero fue inútil.
Isabela intentó correr tras ellos, pero Ricardo la sujetó del brazo con una fuerza que seguramente dejaría marcas al día siguiente. «Tú vienes conmigo a la casa. Vamos a tener una conversación muy larga sobre tu futuro».
Dentro de la mansión, el ambiente era asfixiante. Ricardo llevó a Isabela hasta su despacho, una habitación llena de libros antiguos, trofeos de caza y un bar de roble cargado de licores caros. Cerró la puerta con llave y se sirvió un whisky doble.
«¿Sabes por qué te elegí, Isabela?», preguntó él, dándole la espalda mientras miraba por la ventana hacia la oscuridad del jardín. «Te elegí porque eras pura, porque venías de una familia con nombre pero sin dinero. Pensé que apreciarías la seguridad que te ofrecí».
«La seguridad no es amor, Ricardo», respondió ella, secándose las lágrimas con rabia. «Me tenías como a uno de esos animales disecados que tienes en la pared. Mateo me miraba como a una persona».
«¡Mateo te miraba como una oportunidad!», rugió Ricardo, girándose y golpeando el escritorio con el vaso. «Ese muchacho no te ama. Te deseaba porque eres la mujer del patrón, porque tenerte era una forma de sentirse poderoso por un momento. No seas ingenua».
Isabela bajó la mirada. En el fondo, sabía que había una parte de verdad en las palabras de su esposo, pero el vacío en su pecho era tan grande que cualquier migaja de afecto le había parecido un banquete.
«¿Qué le vas a hacer?», preguntó ella en un susurro, temiendo la respuesta.
Ricardo bebió un largo trago y se sentó en su sillón de cuero. «Le voy a dar una lección que no olvidará. Y luego, lo entregaré a las autoridades. Tengo pruebas de que ha estado robando herramientas y fertilizantes de la finca para venderlos por fuera».
«¡Eso es mentira!», exclamó Isabela. «Él nunca haría eso».
«En este pueblo, Isabela, la verdad es lo que yo digo que es», sentenció Ricardo con una frialdad absoluta. «Él pasará varios años en una celda miserable, pensando en cada caricia que te dio. Y tú… tú te quedarás aquí».
«¿Aquí? ¿Después de esto?», preguntó ella incrédula.
«Sí. Aquí. Como mi esposa. Seguirás asistiendo a los eventos, seguirás sonriendo en las fotos. Pero no volverás a salir de esta finca sin mi permiso. No tendrás teléfono, no tendrás dinero propio. Serás la dueña de todo, pero no poseerás nada».
El castigo de Ricardo era psicológico y eterno. Quería que ella viviera en la cárcel de cristal que tanto odiaba, sabiendo que cada vez que viera las flores del jardín, recordaría el grito de dolor del hombre que «la volvía loca».
Sin embargo, lo que Ricardo no sabía era que Mateo guardaba un secreto. Un secreto que había descubierto mientras trabajaba cerca de la oficina del patrón semanas atrás, y que era la única carta que el joven jardinero tenía para salvar su vida.
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