Estás en la parte 2: la historia continúa…
El ambiente en la mansión de los Del Valle era de una tranquilidad insultante.
Marcos se encontraba en el despacho, revisando unos contratos y bebiendo un whisky de dieciocho años.
Para él, el «problema» de Elena ya estaba resuelto.
Siempre supo que ella no estaba a la altura de su estatus, pero su belleza lo había cegado por un tiempo.
Ahora que estaba embarazada y se había vuelto «demandante», la molestia superaba al placer de tenerla cerca.
—Hijo, ¿ya pensaste en qué le diremos a la prensa? —preguntó Doña Beatriz, entrando al despacho con su elegancia felina—. No podemos permitir que se diga que un Del Valle abandonó a su esposa embarazada. Diremos que ella tenía problemas psicológicos y decidió retirarse a una clínica privada.
—Lo que sea, mamá. Solo quiero que se vaya —respondió Marcos con indiferencia—. Ya le pedí a los abogados que preparen los papeles de renuncia de patria potestad. Ella firmará. Es débil.
Mientras tanto, en la planta alta, Elena había logrado empacar sus pocas pertenencias en una maleta pequeña.
No quería nada de lo que ellos le habían comprado.
Se puso el vestido sencillo con el que llegó el día de su boda civil, el único que conservaba de su vida anterior.
De repente, un sonido rompió la paz de la exclusiva zona residencial.
No era un sonido común. Era el rugido de varios motores potentes acercándose a gran velocidad.
Marcos frunció el ceño y se acercó a la ventana del despacho.
—¿Qué es ese ruido? —preguntó, viendo cómo tres camionetas negras, blindadas y con vidrios polarizados, se detenían en seco frente a la entrada principal.
Doña Beatriz se asomó también, con una mueca de desagrado.
—¿Serán los socios de tu padre? No esperábamos a nadie hoy.
De las camionetas descendieron seis hombres vestidos de traje oscuro.
No eran simples choferes. Su postura, la forma en que escaneaban el lugar y la seriedad de sus rostros gritaban «seguridad de alto nivel».
Se formaron en dos filas frente a la puerta principal, abriendo paso para el hombre que bajó de la camioneta central.
Era un hombre de unos sesenta años, de cabello cano perfectamente peinado, portando un traje que costaba más que todo el mobiliario del despacho de Marcos.
Caminaba con una seguridad que hacía que el suelo pareciera estremecerse bajo sus pies.
—¿Quién es ese hombre? —preguntó Marcos, sintiendo una punzada de nerviosismo que no supo explicar.
Antes de que pudieran reaccionar, el timbre de la mansión sonó con una insistencia violenta.
El mayordomo, confundido, abrió la puerta.
—¡No puede entrar así, caballero! —se escuchó el grito del empleado, que fue rápidamente silenciado por la presencia imponente de los guardaespaldas.
Don Rodolfo entró al vestíbulo como si fuera el dueño del lugar.
—¡Elena! —gritó con una voz que retumbó en cada rincón de la casa.
Marcos y Doña Beatriz bajaron las escaleras a toda prisa, con la indignación pintada en el rostro, aunque por dentro el miedo empezaba a filtrarse.
—¿Quién se cree que es usted para entrar así en mi casa? —bramó Marcos, intentando recuperar su autoridad—. ¡Llamaré a la policía ahora mismo!
Don Rodolfo se detuvo al pie de la escalera. Sus ojos, fríos como el hielo, se clavaron en Marcos.
—Tú debes ser Marcos —dijo Don Rodolfo. No era una pregunta. Era una identificación de un objetivo.
—¡Soy el dueño de esta propiedad y le exijo que se retire! —intervino Doña Beatriz, tratando de usar su habitual tono de superioridad.
Don Rodolfo la miró apenas un segundo, con un desprecio tan absoluto que la mujer retrocedió un paso sin darse cuenta.
—¿Dueño de esta propiedad? —Don Rodolfo soltó una risa corta y amarga—. Esta casa está hipotecada hasta el cuello con el Banco Central. Y da la casualidad de que yo soy el accionista mayoritario de ese banco. Así que, técnicamente, están viviendo en mi propiedad por pura cortesía.
El rostro de Marcos se puso pálido.
—¿De qué está hablando? ¿Quién es usted?
En ese momento, Elena apareció en lo alto de la escalera.
Tenía el rostro hinchado por el llanto y una marca roja todavía visible en su mejilla.
Al verla, la expresión de Don Rodolfo cambió instantáneamente. El acero en sus ojos se transformó en una ternura infinita mezclada con un dolor insoportable.
—¡Papá! —Elena bajó los escalones lo más rápido que su estado le permitía.
Don Rodolfo la recibió en sus brazos, envolviéndola en un abrazo protector mientras ella volvía a llorar sobre su hombro.
Los hombres de traje se cerraron en un círculo alrededor de ellos, bloqueando cualquier paso de Marcos o su madre.
—¿Papá? —Marcos balbuceó, sintiendo que el mundo se le caía encima—. ¿Elena, este hombre es tu padre?
Don Rodolfo separó suavemente a Elena y la entregó a uno de sus hombres de confianza.
—Llévala a la camioneta. Que el médico la revise de inmediato.
—Pero papá… —quiso decir Elena.
—Ve, hija. Yo tengo que cerrar un negocio aquí —dijo él, sin quitarle la vista a Marcos.
Una vez que Elena salió de la casa, el ambiente se volvió gélido.
Don Rodolfo se acercó a Marcos.
Marcos, que era más joven y supuestamente más fuerte, se sintió como un niño pequeño frente a un gigante.
—Así que te gusta golpear a las mujeres, Marcos —dijo Don Rodolfo en voz baja, una voz que prometía pesadillas—. Y te gusta humillar a quienes crees inferiores.
—Fue un malentendido… ella me provocó… —empezó a decir Marcos, con la voz temblorosa.
—¿Provocar? —Don Rodolfo dio un paso más, quedando a centímetros de su rostro—. Mi hija dejó su vida de lujos, dejó mi protección y mi apellido porque quería demostrarme que podía encontrar el amor por sí misma. Quería a alguien que la amara por su corazón, no por los millones de su padre.
Doña Beatriz intentó intervenir, con la voz quebrada.
—Nosotros no sabíamos… Elena nunca dijo… pensábamos que era una chica común…
—Ese es el problema de la gente como ustedes —la cortó Don Rodolfo—. Creen que a una «chica común» se le puede pisotear. Creen que el dinero les da derecho a ser monstruos.
Don Rodolfo sacó un guante de piel de su bolsillo y, con un movimiento rápido y seco, golpeó a Marcos en la misma mejilla donde él había golpeado a Elena.
No fue un golpe de pelea, fue una humillación simbólica que dolió más que cualquier puñetazo.
—Eso es por tocar a mi hija —sentenció Don Rodolfo.
Marcos cayó al suelo, no por la fuerza del golpe, sino por el peso de su propia cobardía.
—Escúchame bien, Marcos Del Valle —continuó Don Rodolfo, mirándolo desde arriba—. A partir de este minuto, tu vida como la conoces se terminó. Mañana, todas tus líneas de crédito serán canceladas. Tus socios recibirán una llamada informándoles con quién están haciendo negocios. Y tu madre…
Don Rodolfo miró a la mujer, que temblaba visiblemente.
—Espero que le guste el té de hospital, señora, porque es lo único que podrá pagar cuando termine con sus activos.
—¡No puede hacernos esto! —chilló Doña Beatriz.
—¿Que no puedo? —Don Rodolfo sonrió de una manera que heló la sangre de los presentes—. No solo puedo. Voy a disfrutar cada segundo. Me aseguraré de que cada lágrima que mi hija derramó en esta casa sea pagada con un día de tu miseria.
Don Rodolfo se dio la vuelta para salir, pero se detuvo en el umbral.
—Ah, y sobre el bebé… —dijo sin mirar atrás—. No te preocupes por la patria potestad. Mis abogados se encargarán de que lo único que ese niño sepa de su padre sea que fue el mayor error en la vida de su madre.
—¡Espera! —gritó Marcos desde el suelo—. ¡Podemos arreglarlo! ¡Amo a Elena!
Don Rodolfo se giró lentamente. Su mirada era de una furia contenida que parecía poder incendiar la habitación.
—Si vuelves a pronunciar su nombre, o si alguno de tus hombres se acerca a menos de un kilómetro de ella, no usaré abogados. Usaré toda la fuerza que mi apellido representa para borrarte del mapa. ¿Quedó claro?
Marcos no pudo responder. Solo pudo asentir, mientras las lágrimas de terror comenzaban a rodar por sus mejillas.
Don Rodolfo salió de la mansión. El sol ya se había ocultado, y las luces de las camionetas negras iluminaban la fachada de la casa como reflectores en una escena del crimen.
Al subir a la camioneta donde Elena lo esperaba, Don Rodolfo volvió a ser el padre amoroso.
La tomó de la mano y le dio un beso en la frente.
—Ya pasó, mi niña. Estás a salvo.
—Tengo miedo por el bebé, papá —susurró ella, tocándose el vientre.
Don Rodolfo miró al médico que ya estaba examinando a Elena en el asiento trasero transformado en clínica móvil.
—¿Y bien? —preguntó el padre con urgencia.
El médico miró a Don Rodolfo y luego a Elena. Su expresión era seria, lo que hizo que el corazón de Elena se detuviera por un instante.
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