Continuamos con la historia justo en el momento de la dolorosa partida…
Mateo se quedó petrificado, viendo cómo la silueta de Valeria y el pequeño se alejaban. Sus piernas no respondían, pero su mente era un caos de preguntas sin respuesta. El aire se sentía más pesado, casi imposible de respirar. ¿Cómo podía ella pedirle que se fuera después de haberle revelado, aunque fuera de forma indirecta, que ese niño era el fruto de su amor?
—¡Valeria, espera! —el grito de Mateo rompió el silencio del parque, haciendo que un par de personas que paseaban a sus perros se detuvieran a mirar.
Él corrió. Sus zapatos finos resbalaron un poco en el pasto húmedo, pero no le importó. La alcanzó justo antes de que cruzaran la puerta de hierro que daba a la calle principal. La tomó suavemente del brazo, pero ella se soltó con un movimiento brusco, poniéndose delante del niño como un escudo humano.
—No me toques —advirtió ella, su voz temblando por la emoción contenida—. No hagas esto más difícil. Mira a Santi, lo estás asustando.
Santi. Así se llamaba. El nombre golpeó a Mateo con la fuerza de un rayo. Era el nombre de su abuelo, el único hombre de su familia que alguna vez le había mostrado cariño genuino antes de morir. No podía ser una coincidencia.
—Se llama como mi abuelo —dijo Mateo, casi en un susurro, mientras las lágrimas finalmente empezaban a rodar por sus mejillas—. Valeria, por Dios, mírame. Ese niño tiene mis ojos. Tiene mi gesto. ¿Cómo pudiste ocultármelo siete años? Siete años en los que pude haber sido su padre, en los que pude haberlos cuidado.
—¿Cuidado? —Valeria soltó una carcajada cargada de veneno—. ¿Cómo nos ibas a cuidar, Mateo? ¿Llevándonos a vivir a tu mansión para que tus tías me miraran por encima del hombro cada vez que me equivocaba de tenedor? ¿Dejando que tu madre le enseñara a mi hijo que las personas valen por lo que tienen en la cuenta bancaria y no por lo que tienen en el corazón?
Ella dio un paso hacia él, acortando la distancia, y Mateo pudo oler el mismo perfume de lavanda que ella siempre usaba, un aroma que lo transportó a noches de promesas bajo las estrellas.
—Me ofrecieron dinero, Mateo —confesó ella, y esta vez el dolor en su voz era crudo—. Tu madre me puso un cheque en blanco sobre la mesa la noche de la fiesta. Me dijo que yo era una «distracción necesaria» para tu juventud, pero que para el heredero de la fortuna, necesitaban a alguien «de su altura». Me dijo que si me quedaba, se encargarían de que nunca encontrara trabajo, de que mi familia perdiera su casa… y de que, si llegaba a tener un hijo tuyo, me lo quitarían legalmente por «falta de recursos».
Mateo sintió un asco profundo recorrerle el cuerpo. Sabía que su madre, la gran Doña Elena, era una mujer implacable, pero aquello era una monstruosidad.
—Yo no lo sabía… te juro por lo más sagrado que yo no sabía nada de eso —balbuceó él, sintiéndose pequeño, miserable—. Yo te busqué. Fui a tu casa y estaba vacía. Tus padres no me quisieron decir nada. Me volví loco, Valeria. Empecé a beber, descuidé todo… casi pierdo la empresa porque no le encontraba sentido a nada sin ti.
—Y aun así, aquí estás —dijo ella, señalando su traje—. Sobreviviste. Te convertiste en el hombre que ellos querían que fueras. Y yo… yo aprendí a ser madre sola. Aprendí a coser para pagar el alquiler, aprendí a cocinar con lo justo, aprendí a abrazar a mi hijo por las noches cuando preguntaba por qué no tenía un papá.
Santi, que había estado observando todo en silencio, tiró suavemente de la chaqueta de su madre.
—Mamá, ¿por qué llora el señor? —preguntó el niño con una voz dulce que terminó de romper el corazón de Mateo.
Mateo se arrodilló sobre la tierra, sin importarle que sus pantalones de marca se mancharan. Quería estar a la altura de los ojos del niño. Quería que Santi viera que no era una amenaza, sino alguien que lo amaba sin siquiera conocerlo.
—Lloro porque estoy feliz de haberte encontrado, Santi —dijo Mateo, tratando de forzar una sonrisa a través de las lágrimas—. Y porque estoy muy arrepentido de haberme tardado tanto.
Valeria intentó tirar del niño para seguir caminando, pero Santi no se movió. El pequeño extendió una mano pequeña y regordeta, y con una timidez infinita, tocó la mejilla mojada de Mateo. Fue un contacto de apenas un segundo, pero para Mateo fue más valioso que todos los activos de su empresa familiar.
—Valeria, escúchame bien —dijo Mateo, poniéndose de pie con una nueva determinación en la mirada—. He pasado diez años viviendo la vida que otros diseñaron para mí. He sido el hijo perfecto, el empresario modelo, el soltero de oro… y me siento el hombre más vacío del planeta. No quiero que vuelvas a mi mundo. Ya no quiero ese mundo para mí tampoco.
Ella lo miró con incredulidad, con una ceja levantada que mostraba que los años la habían vuelto escéptica ante las palabras bonitas.
—Es muy fácil decir eso cuando tienes la billetera llena, Mateo —espetó ella—. Pero tú no sabes lo que es el frío de verdad. No sabes lo que es el miedo a que te desalojen. No sabes lo que es renunciar a tus sueños para que tu hijo tenga un par de zapatos nuevos. Mi mundo es real, el tuyo es una puesta en escena.
—Entonces enséñame —respondió él, dando un paso que esta vez ella no rechazó—. Enséñame a vivir en el mundo real. Renuncio a todo, Valeria. Renuncio al apellido, a la herencia, a la aprobación de mis padres. Si lo que nos separa es el dinero, que se lo queden ellos. Prefiero ser un hombre común con una familia, que un rey solo en su trono de hielo.
Valeria se quedó en silencio, buscando en los ojos de Mateo alguna señal de engaño, alguna duda. Pero solo encontró una desesperación honesta y un amor que, a pesar de los años y la distancia, se negaba a morir.
Sin embargo, el pasado no se borra con una promesa en un parque. Justo en ese momento, un auto negro de vidrios polarizados se detuvo con un chillido de llantas frente a la entrada del parque. Mateo reconoció el vehículo al instante. Era el auto de su seguridad personal, los hombres que su madre pagaba para «cuidarlo» (o más bien, para vigilarlo).
Dos hombres Corpulentos bajaron rápidamente, mirando a su alrededor con actitud defensiva. Al ver a Mateo arrodillado frente a una mujer humilde y un niño, se acercaron a paso veloz.
—Señor Mateo, su madre está muy preocupada. Nos ordenó llevarlo de vuelta a la oficina de inmediato —dijo uno de los hombres, ignorando por completo a Valeria y a Santi.
Valeria dio un paso atrás, el miedo regresando a su rostro con una fuerza renovada.
—¿Lo ves? —susurró ella, su voz cargada de una decepción amarga—. No puedes escapar de ellos. Siempre te encuentran. Siempre te arrastran de vuelta.
—No esta vez —dijo Mateo, sintiendo una furia fría que le recorría las venas.
Se giró hacia los hombres de seguridad, su postura irradiando una autoridad que no venía del dinero, sino del amor propio que acababa de recuperar.
—Díganle a mi madre que no voy a ir a ninguna oficina —sentenció Mateo—. Y díganle que si alguno de ustedes, o ella, se atreve a acercarse a esta mujer o a este niño de nuevo, no me verán la cara nunca más. Me voy por mi propia voluntad.
—Pero señor… el contrato con los inversores extranjeros es hoy… —intentó decir el guardia.
—¡Me importa un bledo el contrato! —rugió Mateo—. Váyanse. Ahora mismo.
Los hombres, desconcertados por la reacción de su jefe, retrocedieron. Nunca habían visto a Mateo así. Siempre había sido el joven dócil, el que acataba las órdenes de Doña Elena sin rechistar.
Valeria observaba la escena con el corazón en la mano. Por primera vez en diez años, vio al hombre del que se había enamorado, no al títere de la alta sociedad. Pero el daño era profundo, y el miedo por Santi era mayor que cualquier sentimiento que pudiera estar renaciendo.
—Mateo, vete con ellos —le pidió ella, aunque sus ojos decían lo contrario—. No arruines tu vida por nosotros. Ya estamos acostumbrados a estar solos.
—Yo no —dijo él, acercándose a ella hasta que sus frentes casi se tocaban—. Yo ya no puedo estar solo ni un minuto más.
La tensión en el aire era insoportable. Valeria estaba a punto de ceder, de dejar que Mateo entrara de nuevo en su vida, cuando el niño, Santi, hizo algo que nadie esperaba. Se soltó de la mano de su madre y caminó hacia el auto negro que todavía tenía el motor encendido.
—¡Santi, no! —gritó Valeria, pero el niño ya estaba frente a la ventanilla trasera, que empezó a bajarse lentamente, revelando un rostro que Mateo conocía demasiado bien.
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