Estás en la parte 2: la historia continúa y la tensión aumenta…
Juana inhaló el aire cargado de tensión de la biblioteca. Miró a Isabel directamente a los ojos, algo que nunca se había atrevido a hacer en todos esos años de servicio.
—Señora —empezó Juana, con una voz que ya no temblaba—, el sobre sellado que le entregué hoy temprano… ¿dónde lo escondió?
El rostro de Isabel se transformó. La máscara de elegancia se agrietó por un segundo, dejando ver una mueca de puro odio.
—¿De qué maldito sobre hablas, Juana? —escupió Isabel, fingiendo una indignación absoluta—. Ricardo, ¿vas a permitir que esta mujer me interrogue como si yo fuera una criminal? ¡Es absurdo!
Isabel se puso de pie, fingiendo estar ofendida, buscando la salida. Pero Ricardo, con un movimiento rápido, se levantó también y le bloqueó el paso.
—Responde a la pregunta, Isabel —dijo Ricardo. Su voz era ahora un susurro peligroso—. Juana dice que recibió un sobre de la oficina central y que tú se lo quitaste.
—¡Es mentira! —gritó Isabel, y por primera vez, su voz perdió la armonía—. Esta mujer está loca. Seguramente quiere dinero, o tal vez está resentida porque la regañé por limpiar mal los cubiertos de plata.
Juana no se inmutó. Sabía que Isabel usaría cualquier táctica para desviar la atención.
—Señor —intervino Juana—, el sobre era amarillo, con el sello de lacre rojo de la notaría del licenciado Guzmán. Lo trajo el mensajero a las diez de la mañana.
Ricardo recordó que, efectivamente, había estado esperando noticias de Guzmán sobre unos movimientos extraños en las cuentas de la constructora.
—Isabel —dijo Ricardo, acercándose a ella—, si no tienes nada que ocultar, déjanos ver tu bolso. O mejor aún, vamos a tu tocador.
La mujer retrocedió, su espalda chocó contra uno de los estantes de libros. Sus ojos buscaban desesperadamente una salida, una excusa, una mentira más que pudiera salvarla.
—No tienes derecho a registrar mis cosas —siseó ella—. Soy tu esposa, no una sospechosa. ¡Esto es una humillación!
—La humillación es que mi empleada tenga más lealtad hacia mí que la mujer con la que comparto mi cama —respondió Ricardo, y esas palabras dolieron más que un golpe físico.
Isabel intentó reír, pero el sonido fue seco, casi un graznido.
—¿Lealtad? ¿Crees que Juana es leal? —Isabel señaló a la empleada con un dedo tembloroso—. Ella solo quiere quedarse con mi lugar. ¿No lo ves? Te ha estado manipulando para que desconfíes de mí.
Juana se mantuvo en silencio. Sabía que en este punto, cualquier palabra de más podría arruinarlo todo. El patrón tenía que descubrirlo por sí mismo.
Ricardo miró a Juana y luego a Isabel. El contraste era doloroso. Una vestida de harapos limpios, con la verdad grabada en la frente; la otra vestida de seda, con la mentira bailando en sus labios.
—Juana —dijo Ricardo sin quitarle la vista a su esposa—, ¿dónde crees que está ese sobre?
—Señora, usted subió a su habitación apenas me lo quitó —recordó Juana—. No bajó hasta hace unos minutos. El sobre tiene que estar allí. O los restos de él.
Isabel intentó abofetear a Juana, pero Ricardo la tomó de la muñeca con fuerza.
—¡Basta! —rugió él—. Vamos arriba. Ahora mismo.
El trayecto hacia la habitación principal se sintió como una caminata hacia el patíbulo. Isabel iba delante, con la cabeza en alto, intentando mantener una dignidad que ya se le escapaba entre los dedos.
Juana y Ricardo iban detrás. El patrón respiraba con dificultad, como si el aire de su propia casa se hubiera vuelto tóxico.
Al entrar a la suite matrimonial, el lujo era abrumador. El aroma a jazmín y sándalo, las sábanas de seda, los muebles tallados a mano… todo parecía un monumento a la traición.
—Busca, Juana —ordenó Ricardo, soltando a su esposa.
Isabel se cruzó de brazos, apoyada contra la pared, observando con una sonrisa cínica.
—Busca todo lo que quieras, infeliz —le dijo a Juana—. No vas a encontrar nada porque no hay nada. Y cuando termines, te aseguro que te vas a arrepentir de haber nacido.
Juana comenzó a buscar. No en los cajones obvios, no bajo la almohada. Ella conocía los hábitos de la señora. Sabía que Isabel era una mujer de rituales.
Se acercó a la chimenea ornamental, que rara vez se encendía. Miró dentro, pero estaba limpia. Luego, sus ojos se posaron en un jarrón grande que estaba en el rincón más oscuro de la habitación.
Se acercó lentamente. Isabel, al ver hacia dónde se dirigía Juana, palideció. Sus dedos se cerraron en puños.
—¡No toques eso! —gritó Isabel—. ¡Es una antigüedad invaluable!
Ese grito fue la confirmación que Ricardo necesitaba. Él mismo se adelantó, apartó a Juana y tomó el jarrón. Lo volcó sobre la alfombra blanca.
Al principio, solo cayeron unos pétalos secos. Pero luego, con un sonido de papel crujiendo, aparecieron varios trozos de cartulina amarilla.
Eran pedazos pequeños, rotos con desesperación y saña.
Ricardo se arrodilló y comenzó a juntar los trozos como si fuera un rompecabezas de su propia vida destruida.
—Es… es el sello de Guzmán —susurró Ricardo, reconociendo el lacre rojo entre los pedazos de papel—. Isabel… ¿qué hiciste?
La mujer no respondió. Su rostro se había transformado en una máscara de piedra. Ya no había rastro de la esposa cariñosa. Solo quedaba la depredadora acorralada.
Ricardo encontró un trozo más grande. En él se podía leer claramente: «Transferencias no autorizadas a la cuenta de paraíso fiscal: 4.5 millones de dólares».
El mundo de Ricardo se derrumbó. Los años de matrimonio, las promesas de amor eterno, los planes para el futuro… todo había sido una estafa maestra diseñada por la mujer que más amaba.
—¡Juana decía la verdad! —gritó Ricardo, levantándose con los trozos de papel en la mano—. ¡Me robabas bajo mi propio techo! ¡En mi propia cara!
Isabel, al verse descubierta, dejó de fingir. Su postura cambió, se irguió con una arrogancia aterradora y soltó una carcajada que resonó en toda la habitación.
—¿Y qué esperabas, Ricardo? —preguntó ella con una voz gélida—. ¿Que me quedara aquí jugando a la esposita perfecta mientras tú te hacías viejo?
Ricardo retrocedió, como si la mujer frente a él fuera un monstruo.
—Te di todo, Isabel —dijo él, con lágrimas asomando en sus ojos—. No te faltaba nada.
—Me faltaba vida, Ricardo. Me faltaba emoción. Ese dinero era mi seguro de libertad. Pero claro, esta estúpida muerta de hambre tenía que meter sus narices donde no la llamaban.
Isabel miró a Juana con un odio tan puro que la empleada tuvo que retroceder.
—Disfruta tu momento, Juana —siseó Isabel—. Pero recuerda que las personas como tú siempre terminan en el fango, por más «verdades» que digan.
—Prefiero mi fango que su oro sucio, señora —respondió Juana con una calma que enfureció aún más a la otra mujer.
Ricardo tomó su teléfono y con una mano temblorosa marcó un número que Isabel no esperaba.
—¿Policía? —dijo Ricardo—. Quiero denunciar un robo. Sí, en mi domicilio. Tengo las pruebas en mis manos.
Isabel abrió los ojos de par en par. No esperaba que Ricardo llegara tan lejos. Pensó que su amor por ella lo haría dudar, que la dejaría irse con una parte del botín para evitar el escándalo.
—Ricardo, no seas idiota —dijo ella, tratando de recuperar su tono seductor—. Pensemos esto bien. Un escándalo así arruinará el prestigio de tu constructora.
—Mi constructora ya está herida, Isabel —respondió él, mirándola con un desprecio infinito—. Pero mi honor no lo vas a pisotear más.
En ese momento, se escucharon las sirenas a lo lejos. El tiempo se detuvo en la habitación. Juana miraba la escena con una mezcla de tristeza y alivio.
Pero Isabel no se iba a rendir tan fácilmente. Antes de que alguien pudiera reaccionar, se abalanzó hacia su tocador y sacó algo pequeño que tenía escondido en el fondo de un cajón de terciopelo.
Descubre el desenlace final tocando el botón siguiente 👇




