El aire dentro del estudio de la mansión de los Alcázar se sentía pesado, cargado de un aroma a sándalo y a medicina vieja que parecía asfixiar a doña Leonor.
El único sonido que rompía el sepulcral silencio era el rítmico golpeteo del tacón de Ana contra el suelo de mármol. Un sonido seco, metálico, como el de una cuenta regresiva hacia el abismo.
Ana no apartaba la vista de la anciana. Sus ojos, que alguna vez fingieron ternura frente a su esposo, ahora eran dos rendijas de frialdad absoluta.
Sostenía un bolígrafo de oro entre sus dedos perfectamente cuidados, ofreciéndolo como si fuera un arma blanca.
—Firma de una vez, Leonor. No lo hagas más difícil de lo que ya es —susurró Ana, inclinándose tanto que su aliento rozó la mejilla de la mujer.
Doña Leonor temblaba. Sus manos, nudosas por el paso de los años y la artritis, se aferraban a los descansabrazos de su silla de ruedas como si fueran su único anclaje al mundo.
—Esta es mi casa, Ana… Aquí nació mi hijo, aquí murió mi esposo… No puedes hacerme esto —alcanzó a decir con una voz que era apenas un hilo de seda a punto de romperse.
Ana soltó una carcajada seca, carente de cualquier rastro de alegría. Se enderezó, alisando su impecable vestido de seda azul.
—Esa nostalgia no paga las cuentas, ni mantiene este mausoleo. Roberto está demasiado ocupado trabajando para darse cuenta de que tú ya no puedes ni sostener una taza de té.
La joven nuera caminó hacia el ventanal que daba a los jardines perfectamente podados. Esa vista era lo que siempre había deseado, y estaba a un solo trazo de tinta de poseerla.
—Tú ya no perteneces aquí, Leonor. Eres un mueble viejo que solo acumula polvo. Firma la cesión total de bienes y te prometo que te buscaré un asilo… decente.
—¡Me prometiste que me cuidarías! —exclamó Leonor, y una lágrima solitaria surcó el mapa de arrugas de su rostro—. Le dijiste a mi hijo que serías mis ojos y mis pies.
Ana se giró bruscamente. El desprecio en su rostro era casi palpable.
—Y lo soy. Soy la que decide qué comes, cuándo te levantas y, lo más importante, qué medicinas tomas.
En ese momento, Ana sacó del bolsillo de su chaqueta un pequeño frasco de cristal. Eran las pastillas para el corazón de Leonor. Sin ellas, el ritmo cardíaco de la anciana se volvería errático en cuestión de horas.
—¿Ves esto? —preguntó Ana con una sonrisa macabra—. Si no firmas en los próximos cinco minutos, se me va a «olvidar» dártelas esta noche. Y mañana, cuando el servicio te encuentre, dirán que fue un lamentable fallo cardíaco.
Leonor sintió un frío glacial recorrerle la espalda. Sabía que Ana no estaba bromeando. La ambición había borrado cualquier rastro de humanidad en ella.
Mientras tanto, en el pasillo, el silencio era absoluto. O eso creía Ana.
Elena, la nueva administradora de la finca que apenas llevaba tres semanas trabajando allí, estaba petrificada detrás de la pesada puerta de roble.
Había llegado para entregar unos informes de nómina, pero lo que escuchó la dejó sin aliento. Sus dedos apretaban su teléfono celular con tanta fuerza que le dolían los nudillos.
Elena no era una mujer de conflictos, pero ver a esa mujer indefensa siendo torturada de esa manera encendió un fuego en sus entrañas.
Sabía que si entraba en ese momento, Ana la despediría y borraría cualquier rastro de su presencia. Tenía que ser inteligente.
Dentro del estudio, la presión aumentaba. Ana golpeó la mesa con la palma de la mano, haciendo que el tintero saltara.
—¡Firma! —gritó, perdiendo por un segundo su fachada de elegancia—. No voy a dejar que una vieja terca me arruine el futuro. Esta mansión será mía, con o sin tu firma, pero si firmas ahora, al menos morirás en una cama limpia.
Leonor cerró los ojos, rezando por una intervención divina, sintiendo que sus fuerzas la abandonaban. El dolor en su pecho no era físico todavía, era la decepción de haber dejado entrar a una serpiente en su nido.
Elena, desde el pasillo, respiró hondo. Revisó la pantalla de su teléfono. El contador de la grabación de video seguía avanzando: 4 minutos y 12 segundos de pura infamia grabados en alta definición.
Sabía que Roberto, el hijo de Leonor, llegaría en cualquier momento del aeropuerto. El plan de Ana era tener el documento firmado antes de que él cruzara el umbral de la puerta.
Pero Elena tenía otros planes. Con el corazón martilleando contra sus costillas, decidió que el silencio no sería su cómplice.
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