Continuamos con la historia justo en el momento en que la verdad empieza a salir a la luz…
Las palabras de Marian cayeron como una sentencia en el lujoso salón. Juan sintió que el aire se volvía pesado, difícil de respirar.
Recordó aquel documento. Ricardo se lo había llevado a la oficina una tarde lluviosa, diciéndole que era un trámite de rutina para proteger los activos de la empresa tras la «tragedia».
Juan, hundido en una depresión que apenas le permitía mantenerse en pie, había firmado sin leer, confiando ciegamente en el hombre que había sido su padrino de bodas.
—Ricardo… —susurró Juan, sintiendo el sabor amargo de la traición en la lengua—. No puede ser. Él estuvo conmigo en el funeral. Él me sostuvo mientras yo lloraba frente a ese ataúd vacío.
—Él fue quien me interceptó en la carretera —dijo Marian, sentándose en el sofá de terciopelo, manchándolo con el barro de sus pies, algo que a Juan no le importó en lo más mínimo—. Me sacaron del auto a la fuerza. Elena, la jefa de seguridad, estaba con él. Me inyectaron algo y desperté en una casa de campo, en un sótano que olía a moho y muerte.
Juan se arrodilló frente a ella, tomando sus manos pequeñas y maltratadas.
—¿Por qué no te mataron entonces? —preguntó, con la voz quebrada por la angustia.
Marian bajó la mirada hacia su vientre y una lágrima solitaria rodó por su mejilla sucia.
—Porque se enteraron de que estaba embarazada. Ricardo es un monstruo, pero es un monstruo ambicioso. El contrato de la empresa familiar de mis padres tiene una cláusula de herencia de sangre. Si yo moría sin hijos, todo pasaba a la empresa de inversión de Ricardo. Pero si había un heredero vivo, él podía usar al bebé para controlar la fortuna de mi familia por los próximos veinte años como tutor legal.
Juan apretó los puños. Todo encajaba. La fortuna de los padres de Marian, que habían fallecido un año antes, era inmensa, y ella era la única heredera.
Al simular su muerte, pero mantenerla viva para asegurar que el bebé naciera, Ricardo estaba jugando una partida de ajedrez macabra donde las piezas eran seres humanos.
—Me tenían vigilada por una enfermera —continuó Marian, estremeciéndose—. Pero anoche hubo una tormenta fuerte. Se fue la luz y la alarma de la casa de campo falló. La enfermera se quedó dormida y logré salir por una ventana pequeña. Caminé toda la noche por el bosque, guiándome por las luces de la ciudad. Pensé que no llegaría, Juan. El bebé pateaba tan fuerte… sentía que se rendía conmigo.
Juan la abrazó con fuerza, ocultando su rostro en el cuello de su esposa. El dolor que sentía por lo que ella había pasado era indescriptible, pero la furia que crecía contra Ricardo era un fuego que amenazaba con consumirlo todo.
—Tenemos que irnos de aquí —dijo Juan de repente, poniéndose de pie—. Si ellos saben que escapaste, vendrán a buscarte. Esta casa es el primer lugar donde mirarán.
—Juan, el auto negro —recordó ella con terror.
—Lo sé. Vamos al garaje. No usaremos mi coche habitual, tiene GPS. Usaremos el viejo todoterreno que tengo bajo la lona.
Juan ayudó a Marian a levantarse. Ella caminaba con dificultad, sus pies estaban heridos y el peso del embarazo la agotaba.
En el camino al garaje, Juan recogió un maletín con dinero en efectivo y unos pasaportes que siempre guardaba en la caja fuerte.
Justo cuando estaban por abrir la puerta que conectaba la cocina con el garaje, el timbre de la casa sonó. Un sonido agudo, insistente, que rompió el silencio de la mansión.
Juan se congeló. Miró por la pantalla de seguridad de la cocina.
Era Ricardo.
Llevaba un traje impecable, una canasta de frutas en una mano y una sonrisa que ahora a Juan le pareció la máscara de un demonio.
—¡Juan, amigo! —gritó Ricardo desde el intercomunicador—. Sé que es temprano, pero pasaba por aquí y pensé en traerte el desayuno. He estado preocupado por ti, te vi muy mal ayer en la oficina.
Marian se llevó las manos a la boca para no gritar. El pánico en sus ojos era desgarrador.
—No hagas ruido —le susurró Juan—. No sabe que estás aquí. O tal vez sospecha y viene a confirmar.
Juan tomó aire, tratando de estabilizar su voz. Presionó el botón del intercomunicador.
—Ricardo, gracias, de verdad. Pero me agarraste saliendo de la ducha. No me siento muy bien hoy, creo que me quedaré en la cama un rato más. Déjalo en el porche, luego lo recojo.
Hubo un silencio del otro lado. Un silencio que se prolongó por diez segundos que parecieron horas.
—¿Estás bien, Juan? Tu voz suena… extraña —dijo Ricardo, y su tono ya no era amistoso. Era frío, calculador—. Me avisaron que hubo un «incidente» en la propiedad de campo anoche. Pensé que querrías saberlo.
Juan sintió que el corazón se le saltaba un latido.
—¿Propiedad de campo? No sé de qué hablas, Ricardo. Hablamos luego, ¿sí?
—Abre la puerta, Juan —ordenó Ricardo, esta vez sin fingir—. Sé que ella está ahí. Elena la vio entrar. No compliques las cosas. Todo puede arreglarse de manera civilizada. Solo necesitamos que Marian regrese a su «cuidado» un par de meses más.
—¡Vete al infierno! —rugió Juan, dándose cuenta de que ya no tenía sentido ocultarse—. ¡Si pones un pie en esta casa, te juro que no saldrás vivo!
—Mala elección, amigo —dijo Ricardo con una calma aterradora—. Elena, encárgate.
De inmediato, se escuchó el sonido de un vidrio rompiéndose en la parte trasera de la casa. El sistema de seguridad empezó a pitar frenéticamente.
Estaban entrando.
Juan tomó a Marian de la mano y corrieron al garaje. Subieron al todoterreno. Juan encendió el motor justo cuando la puerta que conectaba con la cocina se abría de un golpe.
Elena, la jefa de seguridad, apareció con un arma en la mano. Su rostro, siempre profesional y serio, ahora mostraba una frialdad asesina.
—¡Bajen del auto! —gritó Elena, apuntando directamente al parabrisas.
Juan no lo pensó. Metió la reversa y aceleró a fondo, rompiendo la puerta automática del garaje con el estruendo del metal retorciéndose.
Las balas impactaron en la carrocería, pero el vehículo era blindado, una precaución que Juan había tomado años atrás por su negocio de logística.
Salió a la calle derrapando, con el corazón en la garganta. Por el espejo retrovisor vio a Ricardo y Elena subiendo al auto negro. La persecución había comenzado.
—Sujétate fuerte, Marian —dijo Juan, esquivando un camión de basura—. No voy a dejar que nos atrapen.
—Juan, el bebé… —dijo ella, apretando su vientre con una mueca de dolor—. Juan, tengo contracciones.
El pánico de Juan se multiplicó por mil. Su esposa viva, perseguidos por asesinos, y su hijo decidiendo llegar al mundo en el momento más peligroso de sus vidas.
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