Continuamos con la historia donde la dejamos, en medio de la tensión del escape…
El aire frío de la noche me golpeó como una bofetada de realidad. La lluvia había comenzado a caer de forma torrencial, transformando el callejón en un túnel oscuro y resbaladizo.
El sonido de las gotas golpeando los contenedores de basura metálicos creaba un ritmo cacofónico que se mezclaba con los latidos desbocados de mi corazón.
—¿A dónde vamos? —pregunté, tratando de cubrirme con el saco de mi traje, que en cuestión de segundos ya pesaba por el agua.
—Mi auto está al final del callejón. Es un vehículo viejo, pero nadie lo reconocerá —dijo Mateo, mirando constantemente hacia atrás, hacia la puerta de la cocina que acabábamos de cruzar.
Corrimos. Mis zapatos de charol no estaban hechos para el asfalto mojado y estuve a punto de caer un par de veces, pero la mano de Mateo me sostenía con una determinación férrea.
A mitad del camino, un ruido nos hizo congelar. El chirrido de unos neumáticos al girar violentamente en la esquina del callejón.
Unas luces blancas, cegadoras, inundaron el estrecho espacio, proyectando nuestras sombras largas y distorsionadas contra las paredes de ladrillo.
—¡Abajo! —gritó Mateo, empujándome detrás de una pila de palés de madera y cajas de cartón mojadas.
Un vehículo negro, de cristales tintados, avanzaba lentamente por el callejón. Era el Mercedes de Elena. Mi propio auto.
Sentí una náusea violenta. A través del parabrisas, bajo la luz intermitente de un farol que parpadeaba, alcancé a verla.
Elena no tenía esa expresión dulce que me dedicaba cada mañana. Su rostro estaba transformado, endurecido por una frialdad que me heló la sangre.
A su lado, un hombre de hombros anchos y rostro sombrío sostenía un teléfono celular, hablando con urgencia.
—Ese es Javier —susurró Mateo a mi lado—. Es su amante desde hace meses. Él es quien se encarga de «limpiar» los obstáculos en su camino.
—¿Obstáculos? —repetí con la voz rota—. ¿Yo soy un obstáculo? Le di todo, Mateo. Mi vida, mi dinero, mi confianza absoluta.
—Para personas como ella, señor, las personas son solo peldaños. Una vez que llegan a la cima, el peldaño ya no sirve y hay que desecharlo.
El auto pasó a escasos metros de nuestro escondite. Podía oler el perfume de Elena flotando en el aire húmedo, ese aroma a jazmín que antes me volvía loco y que ahora me provocaba ganas de vomitar.
Esperamos en un silencio sepulcral, solo roto por el rugido lejano de la ciudad y el llanto del cielo.
Cuando las luces traseras del Mercedes desaparecieron al final del callejón, Mateo me hizo una señal para que continuáramos.
Llegamos a un viejo sedán japonés, oxidado en los bordes pero que parecía sólido.
Mateo sacó las llaves de su bolsillo y, sin dudarlo un segundo, me las puso en la palma de la mano.
—Tome. Váyase de aquí. No vaya a su casa, ellos la estarán vigilando. Vaya a un lugar donde no tengan jurisdicción, a la casa de alguien en quien confíe de verdad, aunque a estas alturas sé que es difícil confiar en alguien.
—¿Y tú? —le pregunté, abrumado por su sacrificio—. Si se dan cuenta de que me ayudaste, te matarán a ti también.
Mateo esbozó una sonrisa triste, una que cargaba con el peso de años de dificultades.
—Yo ya no tengo nada que perder, señor. Mi madre falleció el mes pasado, pero murió tranquila y bien atendida gracias a usted. Esto es lo mínimo que puedo hacer. Ahora corra, antes de que se den cuenta de que el «pájaro» no está en el nido.
Subí al auto. El interior olía a café viejo y a pino barato, un olor que, en ese momento, me pareció el más reconfortante del mundo.
Encendí el motor. Rugió con dificultad pero se mantuvo encendido.
Miré por el retrovisor a Mateo, que se quedaba allí, bajo la lluvia, viendo cómo me alejaba.
Mientras conducía por las calles empapadas de la ciudad, mi mente era un caos de recuerdos que se desmoronaban.
Cada «te amo», cada aniversario, cada plan de futuro… todo era una mentira meticulosamente construida.
¿Cómo no lo vi? ¿Cómo pude ser tan ciego ante la frialdad en sus ojos cuando pensaba que nadie la miraba?
De repente, mi teléfono, que estaba en el bolsillo de mi pantalón, comenzó a vibrar.
Era un mensaje de texto. De Elena.
«Mi amor, ¿dónde te metiste? Fui al baño y cuando regresé ya no estabas. Me tienes muy preocupada, la cena ni siquiera ha llegado. Por favor, dime que estás bien».
El cinismo de sus palabras me quemaba. Podía imaginarla escribiendo eso mientras Javier manejaba el auto buscando mi cadáver en alguna cuneta.
No respondí. Arrojé el teléfono por la ventana mientras cruzaba el puente que salía de la ciudad.
Necesitaba pensar. Necesitaba un plan. Pero sobre todo, necesitaba entender el tamaño de la oscuridad que habitaba en la mujer con la que compartía mi cama.
Porque esto no era solo por dinero. Había algo más. Algo que ella guardaba en esa caja de seguridad de la que nunca me dio la llave.
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