Estás en la parte 2: la historia continúa y el plan comienza a revelarse…
Rosa dio un paso atrás, llevándose una mano al pecho. El cambio en Don Eduardo era tan drástico que por un segundo pensó que estaba viendo a un fantasma o que el dolor finalmente le había hecho perder la cordura.
Pero no era locura. Era la frialdad del estratega que ha esperado el momento exacto para mover su última pieza en el tablero.
—Señor… ¿qué está pasando? —preguntó Rosa en un susurro, mirando hacia la puerta para asegurarse de que Valeria no hubiera regresado.
Eduardo se puso de pie. Lo hizo sin ayuda, sin apoyarse en el escritorio, con una agilidad que no había mostrado en meses. Se acercó a la caja fuerte oculta detrás del cuadro de su difunta madre y marcó la combinación con dedos rápidos y seguros.
—Rosa, durante meses permití que ella creyera que mi salud se desvanecía —explicó Eduardo, sacando un pequeño sobre amarillo—. Dejé que me viera débil, que pensara que mi mente estaba fallando. Quería ver hasta dónde llegaba su ambición. Quería saber si en algún rincón de su corazón quedaba algo de la mujer de la que me enamoré.
—¿Y qué descubrió, señor? —preguntó Rosa, aunque la respuesta era obvia.
—Descubrí que Valeria no tiene corazón. Solo tiene un vacío que intenta llenar con lujos que no le pertenecen. Ella cree que acaba de firmar su victoria, Rosa. Cree que ese papel le entrega mi fortuna, mis empresas y esta mansión.
Eduardo soltó una risa corta, casi triste.
—Lo que ella firmó no fue un traspaso de bienes. Ella estaba tan cegada por el odio y la prisa por deshacerse de mí, que no leyó la letra pequeña del documento que mi verdadero abogado, y no el títere que ella contrató, preparó cuidadosamente.
En ese momento, el teléfono de la oficina sonó. Eduardo lo tomó con calma.
—Dime, Guzmán —dijo Eduardo al auricular—. ¿Ya está todo listo? Perfecto. Los quiero a todos en la entrada en diez minutos. No, no habrá resistencia. Ella está demasiado ocupada celebrando con su amante en la habitación de invitados.
Rosa abrió los ojos como platos. ¿Amante? ¿Eduardo lo sabía?
—Sí, Rosa —dijo él, adivinando sus pensamientos—. Sé que Mauricio ha estado entrando a esta casa todas las noches mientras yo «dormía» bajo el efecto de las pastillas que ella me daba. Solo que ella no sabía que yo nunca me tomaba esas pastillas. Las cambiaba por placebos de azúcar hace mucho tiempo.
Eduardo caminó hacia la ventana y observó cómo un auto deportivo llegaba a la propiedad. Era Mauricio, el joven entrenador personal de Valeria, un hombre con mucha musculatura y muy poco escrúpulo. Lo vio bajar del auto con una sonrisa de suficiencia, entrando a la casa como si ya fuera el dueño.
—Rosa, ve a la cocina y prepárame un café cargado —ordenó Eduardo con una calma glacial—. El espectáculo está a punto de comenzar y quiero estar bien despierto para ver el final.
Mientras tanto, en la planta alta, Valeria y Mauricio se abrazaban entre risas. Ella le mostraba el documento con orgullo, agitando el papel como si fuera un trofeo de guerra.
—¡Es nuestro, Mauricio! —gritaba ella, descorchando una botella de champán de tres mil dólares—. El viejo finalmente cedió. Mañana mismo pondremos esta casa a la venta y nos iremos a vivir a Europa. No más olores a hospital, no más quejas, no más Eduardo.
—Eres un genio, nena —decía Mauricio, besándola con pasión—. ¿Y qué harás con él? Los del asilo están esperando la llamada.
—Que vengan ahora mismo —dijo Valeria, tomando su teléfono—. No quiero que pase una noche más bajo este techo. Me da asco pensar que todavía respira el mismo aire que yo.
Valeria marcó el número, pero para su sorpresa, nadie contestó. En su lugar, escuchó un ruido extraño proveniente del piso de abajo. Eran voces, muchas voces, y el sonido de botas pesadas golpeando el mármol del vestíbulo.
—¿Qué demonios es eso? —preguntó Mauricio, poniéndose alerta.
Ambos salieron al pasillo y se asomaron por la barandilla de la gran escalera. Lo que vieron les heló la sangre.
Abajo, en el centro del vestíbulo, Don Eduardo estaba de pie, vestido con su mejor traje sastre, el que usaba para las juntas de accionistas más importantes. A su lado estaba el abogado Guzmán y cuatro hombres de traje oscuro que no parecían ser precisamente enfermeros de un asilo.
—¿Qué haces todavía aquí? —gritó Valeria, bajando las escaleras a toda prisa, con el papel todavía en la mano—. ¡Te dije que tenías una hora! ¡Vete ahora mismo o llamaré a la policía!
Eduardo se volvió hacia ella. Su rostro no mostraba ira, sino una serenidad aterradora.
—Ya llamé a la policía, Valeria. De hecho, ya están afuera. Pero no vienen por mí.
—¿De qué hablas, viejo loco? —intervino Mauricio, tratando de intimidar a Eduardo con su físico—. Ella tiene los papeles firmados. Esta casa es suya. ¡Lárgate antes de que te saque a patadas!
Guzmán, el abogado de Eduardo, dio un paso al frente con una sonrisa profesional.
—Señorita Valeria… o debería decir, ex-señora de Eduardo —dijo Guzmán, extendiendo la mano para que ella le entregara el papel—. El documento que usted obligó a firmar a mi cliente no es una cesión de bienes.
Valeria frunció el ceño, mirando el papel en su mano. Sus ojos recorrieron las líneas de texto que antes había ignorado por su afán de ver la firma.
—¿Qué es esto? —preguntó ella, sintiendo un nudo en el estómago.
—Es una confesión detallada —explicó Guzmán—. Al firmar ese documento, usted reconoce legalmente que ha estado administrando sustancias sedantes no recetadas al señor Eduardo con la intención de incapacitarlo. También reconoce que ha malversado fondos de las cuentas conjuntas para fines personales y… lo más importante… acepta que su matrimonio fue un fraude desde el inicio para obtener beneficios económicos.
—¡Eso es mentira! —chilló Valeria, tratando de romper el papel—. ¡Él me obligó! ¡Yo no leí eso!
—Oh, pero lo firmó frente a una cámara oculta que grabó toda la escena en la oficina —dijo Eduardo, señalando discretamente un pequeño lente en la biblioteca—. Grabamos cómo me gritabas «viejo inútil», cómo me amenazabas y cómo admitías que solo me querías por mi dinero.
El rostro de Valeria pasó del rojo de la furia al blanco de un terror absoluto. Miró a Mauricio, buscando apoyo, pero su amante ya estaba retrocediendo hacia la puerta trasera, buscando una vía de escape.
—¿A dónde vas, Mauricio? —preguntó Eduardo con suavidad—. La policía también tiene preguntas para ti. Sobre todo por los antecedentes de fraude que tienes en otros estados y que «olvidaste» mencionar en tu currículum.
En ese momento, las puertas principales se abrieron y dos oficiales de policía entraron. Valeria dejó caer el papel al suelo, como si quemara.
—¡No pueden hacerme esto! —gritaba mientras un oficial le ponía las esposas—. ¡Él me lo dio todo! ¡Es mi esposo!
—Ya no —dijo Eduardo, dándole la espalda—. Rosa, por favor, acompaña a estos señores a la salida. Y asegúrate de que no se lleven ni un solo alfiler que yo haya pagado.
Valeria fue arrastrada hacia afuera, gritando insultos que se perdían en el eco de la gran mansión. Mauricio, atrapado en el jardín, también fue conducido a una patrulla.
Eduardo se quedó solo en el vestíbulo por un momento. El silencio regresó, pero esta vez no era un silencio pesado de tristeza, sino uno de liberación. Sin embargo, lo que Valeria no sabía es que la trampa de Eduardo tenía una profundidad que ella aún no alcanzaba a comprender.
Había algo más en ese documento, algo que destruiría por completo su futuro, incluso si lograba salir de la cárcel.
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