La pluma temblaba entre los dedos nudosos de Don Eduardo, dejando una pequeña mancha de tinta negra sobre el papel blanco, un rastro que parecía una lágrima oscura sobre el contrato.
Valeria, de pie junto a la ventana de la lujosa oficina, ni siquiera se dignó a mirarlo con compasión; su mirada estaba fija en el jardín, imaginando quizás cómo remodelaría todo una vez que aquel «estorbo» estuviera fuera de su vida.
—Fírmame estos papeles ya mismo, viejo inútil —repitió ella, con una voz que destilaba un veneno que Eduardo nunca pensó que ella fuera capaz de poseer.
Él levantó la vista, sus ojos nublados por la edad y por una profunda decepción que le calaba hasta los huesos.
Su esposa, la mujer que había jurado cuidarlo en la salud y en la enfermedad, la que le decía palabras dulces al oído cada noche, ahora le gritaba como si fuera un animal herido que estorbaba en la sala de su propia casa.
—Valeria, por favor… —susurró él, con la voz quebrada—. Te di todo. Te puse mi nombre, te abrí las puertas de mi mundo, te amé cuando nadie más creía en ti. ¿Por qué me tratas con tanto odio?
Valeria soltó una carcajada seca, un sonido metálico que rebotó en las paredes de madera de caoba. Se acercó a él, apoyando sus manos finas y perfectamente cuidadas sobre el escritorio, invadiendo su espacio personal con un aire de superioridad que daba escalofríos.
—¿Amor? Eduardo, por Dios, ten un poco de dignidad —dijo ella, inclinándose hacia su rostro—. ¿De verdad creíste que una mujer como yo podría amar a un hombre que camina a paso de tortuga y que huele a medicinas?
Cada palabra era un puñal. Eduardo bajó la cabeza, dejando que una lágrima solitaria rodara por su mejilla surcada de arrugas. El silencio en la habitación era tan pesado que podía sentirse en el pecho.
—Solo fuiste un puente, Eduardo —continuó ella, sin piedad—. Un puente de oro hacia la vida que siempre merecí. Ahora ese puente ya no me sirve. Estás viejo, estás enfermo y, sinceramente, tu sola presencia me da náuseas. Así que firma y lárgate a ese asilo que ya pagué por adelantado.
Él apretó los labios. Sus manos, que alguna vez construyeron imperios y manejaron con destreza los hilos de la industria nacional, parecían ahora dos ramas secas a punto de romperse.
—¿Y si no firmo? —preguntó él, en un último intento de resistencia.
Valeria sonrió, pero no fue una sonrisa hermosa. Fue la mueca de un depredador que sabe que su presa no tiene escapatoria.
—Si no firmas, haré que tu vida sea un infierno legal. Diré que empezaste a golpearme, que perdiste la razón, que eres un peligro para ti mismo. Tengo testigos, Eduardo. Gente que me debe favores y que dirá exactamente lo que yo quiera.
Eduardo cerró los ojos por un momento, inhalando el aroma del papel y el cuero de su silla. Recordó el día que la conoció, una joven camarera con sueños grandes y ojos que parecían brillar con inocencia. ¡Qué tonto había sido!
—Está bien —dijo él, con un suspiro que pareció vaciarle el alma—. Si esto es lo que quieres, si mi presencia te estorba tanto, te daré lo que pides.
Con un movimiento lento y deliberado, Eduardo deslizó la pluma sobre la línea de puntos. La firma fue firme, a pesar de su supuesto temblor. Valeria observó el proceso con una avidez casi animal, conteniendo la respiración mientras el nombre completo del hombre quedaba plasmado en el documento de cesión de bienes.
—¡Finalmente! —exclamó ella, arrebatándole el papel de las manos antes de que la tinta terminara de secar—. No sabes cuánto tiempo estuve esperando este momento.
Ella caminó hacia la puerta, su figura esbelta y elegante moviéndose con una energía renovada. Ya no tenía que fingir. Ya no tenía que besar esa mejilla marchita ni aguantar sus historias del pasado.
—Tienes una hora para sacar tus harapos de esta casa, Eduardo —dijo ella desde el umbral, sin mirar atrás—. Rosa te ayudará a empacar una maleta pequeña. Lo demás, lo donaré a la caridad… o simplemente lo tiraré a la basura.
La puerta se cerró con un golpe seco, dejando a Eduardo en la penumbra de su oficina. Durante unos segundos, el anciano permaneció inmóvil, con la cabeza baja, como si el peso del mundo lo hubiera aplastado definitivamente.
Rosa, la fiel ama de llaves que había servido en esa casa por más de treinta años, entró silenciosamente, con los ojos rojos de tanto llorar. Había escuchado todo tras la puerta.
—Señor… —sollozó la mujer, acercándose a él con un pañuelo en la mano—. No puedo creer que esa mujer sea tan mala. Usted no se merece esto. Vámonos, yo lo cuidaré en mi casa, no dejaré que lo lleven a ningún asilo.
Eduardo levantó la cabeza. Rosa se detuvo en seco, confundida. Las lágrimas habían desaparecido de los ojos del anciano. Su espalda, que hace un minuto parecía encorvada por la derrota, comenzó a enderezarse.
Una chispa de inteligencia afilada, la misma que lo convirtió en el hombre más respetado del país, brilló con una intensidad aterradora en sus pupilas.
—Tranquila, Rosa —dijo Eduardo, y su voz ya no era un hilo quebradizo, sino un trueno contenido—. No vamos a ir a ningún lado. Al menos, yo no.
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