Estás en la parte 2: la historia continúa…
Mariana miró el objeto sobre la mesa de cristal con un desprecio fingido, pero la curiosidad, esa fuerza traicionera, empezó a ganarle la partida.
—No tengo tiempo para tus juegos infantiles —dijo la ejecutiva, cruzando los brazos sobre su pecho—. El veredicto ya está dado. Estás fuera.
Sin embargo, el ambiente en la sala había cambiado drásticamente. Los otros directores ahora estaban de pie, rodeando la mesa.
Incluso Don Valenzuela se había levantado, algo que rara vez hacía durante las presentaciones de los pasantes.
—Mariana —dijo el viejo socio con una voz ronca—, dale la vuelta al reloj.
La orden fue directa y no admitía réplicas. Mariana, tragando saliva, extendió sus dedos y tomó el reloj.
Al tacto, el acero se sentía tibio, cargado de una energía que no supo explicar. Con un movimiento rápido, lo giró.
En el reverso de la caja de acero, debajo de años de uso y pequeñas marcas de batalla, había una inscripción grabada a mano con una caligrafía elegante y profunda.
Mariana entrecerró los ojos para leer. A medida que sus ojos recorrían las palabras, el color empezó a desaparecer de su rostro de forma alarmante.
«Para mi pequeña arquitecta. Que el tiempo nunca te haga olvidar que el imperio que construimos es tuyo. Con amor, A.V.»
El silencio que siguió fue absoluto. Mariana soltó el reloj como si fuera una brasa ardiente. El objeto golpeó la mesa de cristal con un sonido metálico que resonó en toda la habitación.
—A.V. —susurró uno de los directores, con el rostro pálido—. No puede ser.
Don Valenzuela se acercó y, con manos temblorosas, tomó el reloj. Lo miró con una mezcla de nostalgia y reverencia absoluta.
—Es el reloj de Alejandro —dijo el viejo, con los ojos empañados—. Yo mismo estaba allí cuando lo compró. Me dijo que sería el amuleto para su hija.
Mariana sentía que el suelo desaparecía bajo sus pies. Alejandro Valenzuela no era solo el cofundador de la firma que había fallecido hacía cinco años en un trágico accidente de avión.
Era el genio, el visionario, el hombre que poseía el 60% de las acciones de la compañía y cuyo testamento había sido un misterio guardado bajo llave por los abogados más poderosos del país.
—¿Sofía? —Mariana apenas pudo pronunciar el nombre, su voz era un hilo quebrado—. ¿Tú eres…?
Sofía se mantuvo erguida, su postura reflejaba ahora una dignidad que nadie había notado antes tras su ropa sencilla de pasante.
—Mi padre siempre decía que para liderar un imperio, primero hay que entender cómo se siente estar en la base —explicó Sofía con una calma gélida—. Él quería que yo conociera la empresa desde adentro, sin privilegios, sin apellidos. Quería que viera quiénes son las personas que realmente trabajan aquí y quiénes son los que solo usan un traje para humillar a los demás.
Mariana intentó balbucear una disculpa, pero las palabras se le atoraban en la garganta.
—Sofía, querida, yo no sabía… —empezó a decir Mariana, extendiendo una mano en un gesto desesperado de conciliación—. Si hubiera sabido quién era tu padre, jamás te habría hablado así. Estaba… estaba poniéndote a prueba. Sí, eso era. Una prueba de carácter.
Sofía dejó escapar una sonrisa triste, llena de decepción.
—Esa es la diferencia entre mi padre y usted, Mariana. Él trataba al conserje con el mismo respeto que al cliente más rico del mundo. Usted, en cambio, solo respeta el poder que puede ver.
Don Valenzuela dejó el reloj cuidadosamente en las manos de Sofía.
—Hija —dijo el hombre con cariño—, tu padre dejó estipulado que al cumplir los 24 años y terminar tus prácticas, tomarías posesión de tu lugar en la junta. No esperaba que fuera de esta manera, pero me alegra ver que tienes su mismo fuego.
Los directores empezaron a murmurar entre ellos, mirando a Mariana con una mezcla de reproche y distanciamiento. Sabían que el barco estaba cambiando de capitán.
—Señor Valenzuela —dijo Sofía, mirando al socio de su padre—, creo que la reunión de hoy ha sido muy productiva. He aprendido exactamente qué es lo que «Vanguardia & Estilo» no debe ser.
Mariana se aferró al borde de la mesa. Sus nudillos estaban blancos.
—Sofía, por favor, llevo diez años en esta empresa —rogó Mariana, el sudor empezando a arruinar su maquillaje perfecto—. He dado mi vida por estos proyectos.
—Y en el proceso, ha olvidado el factor humano —sentenció Sofía—. Humilló mi trabajo, humilló mi apariencia y, lo que es imperdonable, se burló de la memoria de un hombre que construyó las paredes que hoy nos protegen.
Sofía se volvió hacia el resto de la junta.
—Señores, mañana a primera hora se presentará el nuevo organigrama de la empresa. Pero para la señora Mariana, la decisión se toma hoy mismo.
El corazón de Mariana latía con tanta fuerza que sentía que se le iba a salir del pecho. El silencio se prolongó por lo que parecieron horas, mientras Sofía acariciaba el cristal rayado de su reloj antiguo.
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