Continuamos con la historia justo en el momento de mayor tensión…
Ana se acercó nuevamente a Leonor, esta vez con el frasco de pastillas abierto. Sacó una de las cápsulas blancas y la sostuvo frente a los ojos nublados de la anciana.
—Es tan fácil, Leonor. Solo una firma y te doy tu dosis. No querrás empezar a sentir esas palpitaciones que tanto te asustan, ¿verdad? —la voz de Ana era un susurro viperino.
La anciana extendió su mano temblorosa hacia el papel. Sus dedos rozaron la pluma. El peso de la derrota la hundía en la silla. Sentía que le fallaba a su esposo fallecido, a la historia de su familia.
Pero justo cuando la punta del bolígrafo iba a tocar el papel, la puerta del estudio se abrió de par en par con un golpe seco que resonó en toda la estancia.
Ana se sobresaltó, guardando rápidamente el frasco en su bolsillo y recomponiendo su postura en un abrir y cerrar de ojos.
—¡Elena! ¿Qué clase de educación es esta? ¡Sal de aquí inmediatamente! —bramó Ana, tratando de recuperar el mando.
Elena entró en la habitación con paso firme. No parecía la empleada sumisa que Ana creía conocer. Su mirada era de acero.
—No me voy a ir a ningún lado, señora Ana —dijo Elena, manteniendo su teléfono en alto, con la lente apuntando directamente a la nuera—. Y le sugiero que saque la mano de su bolsillo y deje las medicinas de doña Leonor sobre la mesa. Ahora mismo.
Ana soltó una risa nerviosa, intentando desestimar la situación.
—¿De qué estás hablando, estúpida? Estás despedida. Recoge tus cosas y lárgate antes de que llame a la policía por allanamiento.
—Llámelos —desafió Elena, dando un paso más hacia el escritorio—. Me encantaría que la policía viera este video. Lo grabé todo, Ana. Desde que entraste a amenazarla hasta el momento en que usaste sus medicinas como moneda de cambio para robarle la casa.
El rostro de Ana se puso pálido, adquiriendo un tono grisáceo que chocaba con su maquillaje impecable.
—Tú… tú no te atreverías. Nadie te creería. Es mi palabra contra la de una empleada doméstica y una anciana senil.
—No es solo mi palabra —respondió Elena con una calma que aterraba a Ana—. Está todo aquí. El audio es nítido. Se escucha perfectamente cómo le dices que es «un mueble viejo» y cómo la amenazas con dejarla morir si no firma.
Doña Leonor miraba la escena con los ojos muy abiertos, una chispa de esperanza comenzando a brillar en su mirada cansada.
Ana, sintiéndose acorralada, cambió de táctica. Trató de acercarse a Elena con una sonrisa falsa, intentando arrebatarle el teléfono.
—Vamos, Elena… Seamos razonables. Sé que no te pagan lo suficiente. ¿Cuánto quieres? ¿Cien mil? ¿Doscientos mil? Puedo darte más de lo que ganarías en diez años trabajando aquí. Borra eso y seremos socias.
Elena sintió un asco profundo. La falta de escrúpulos de la mujer frente a ella no tenía límites.
—No todos tenemos un precio, Ana. Hay cosas que el dinero no compra, como la decencia y el respeto por la vida de los demás.
En ese momento, se escuchó el sonido de un motor en la entrada principal. Un coche frenó bruscamente sobre la grava del jardín.
Era Roberto. Había llegado antes de lo previsto.
Ana entró en pánico. Sus ojos buscaban desesperadamente una salida, un modo de destruir ese teléfono.
—¡Dame ese celular! —gritó Ana, abalanzándose sobre Elena con las uñas por delante, olvidando por completo su elegancia.
Elena esquivó el ataque con agilidad, interponiendo el escritorio entre ambas. Leonor, en un arranque de fuerza que no sabía que aún poseía, empujó su silla de ruedas hacia atrás, alejándose del peligro.
—¡Roberto ya está aquí! —gritó Elena—. ¡Él va a ver quién eres realmente!
Ana se detuvo en seco. El sonido de la puerta principal abriéndose y la voz de Roberto llamando a su madre retumbaron en el pasillo.
—¡Mamá! ¡Ana! ¿Dónde están? —se escuchó la voz potente del hombre.
Ana se alisó el cabello desesperadamente, tratando de borrar la expresión de maníaca de su rostro. Miró a Elena con un odio puro.
—Si dices algo, te destruiré la vida. Tengo contactos, Elena. Te meteré a la cárcel por difamación —susurró Ana antes de salir corriendo hacia la puerta del estudio para recibir a su marido con un abrazo fingido.
Elena se quedó junto a doña Leonor, quien le tomó la mano con fuerza.
—Gracias, hija… gracias —susurró la anciana, con lágrimas de alivio.
—No tenga miedo, señora. La verdad está de nuestro lado —respondió Elena, preparándose para la confrontación final.
Roberto entró al estudio segundos después, con Ana colgada de su brazo, fingiendo estar preocupada por la salud de su suegra.
—¿Qué pasa aquí? ¿Por qué están todas tan tensas? —preguntó Roberto, mirando de una a otra, notando el desorden sobre el escritorio y el rostro desencajado de su madre.
Ana comenzó a hablar rápidamente, con esa voz dulce y manipuladora que usaba con él.
—Ay, mi amor, qué bueno que llegaste. Elena se volvió loca… trató de robarle unas joyas a tu madre y cuando la descubrí, empezó a inventar cosas horribles. Estaba a punto de llamar a la policía.
Roberto miró a Elena, confundido. Elena siempre había sido una empleada ejemplar.
—¿Elena? ¿Es eso cierto? —preguntó Roberto con seriedad.
Elena no dijo una palabra. Simplemente desbloqueó su teléfono y presionó el botón de «reproducir».
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