Estás en la parte 2: la historia continúa…
El terror es un motor extraño. En condiciones normales, Elena se habría paralizado, pero el instinto de supervivencia es una fuerza primitiva que no entiende de razones. Sin hacer ruido, se quitó las sandalias de tacón y las dejó caer sobre la alfombra de la cubierta para no hacer ruido. Siguió al capitán Ricardo, agachándose detrás de los sofás de cuero blanco que adornaban la parte trasera del yate.
Cada paso se sentía como una eternidad. El sonido de los motores del yate, que antes le parecía un ronroneo relajante, ahora era un rugido que ocultaba sus movimientos. Ricardo se movía con la agilidad de un gato, guiándola por un pasillo estrecho hacia el costado de babor, lejos de la luz que emanaba del salón principal.
—¡Elena! ¿Dónde te metiste? No juegues a las escondidas, preciosa —la voz de Julián se escuchaba más cerca. Ya estaba en la cubierta superior.
Elena contuvo el aliento. Podía imaginarlo parado donde ella estaba hace apenas un minuto, mirando a su alrededor con esa sonrisa perfecta que ahora ocultaba un monstruo. Se pegó a la pared fría del barco, sintiendo el metal vibrar.
—Rápido —indicó Ricardo en un susurro apenas audible, señalando una pequeña escotilla que conducía a la plataforma de desembarco lateral.
Allí, balanceándose suavemente sobre las olas oscuras, estaba la lancha auxiliar. Era pequeña, un motor fuera de borda con capacidad para cuatro personas, pero para Elena representaba la diferencia entre la vida y la tumba líquida que su esposo le había preparado.
Ricardo bajó primero, ofreciéndole la mano con firmeza. Elena, con el vestido esmeralda ahora manchado de grasa y sal, se deslizó hacia la pequeña embarcación. El corazón le latía tan fuerte que temía que Julián pudiera escucharlo desde arriba. Justo cuando sus pies tocaron el fondo de plástico de la lancha, un grito de furia rompió el silencio de la noche.
—¡RICARDO! ¡¿QUÉ DEMONIOS HACES AHÍ ABAJO?!
Era Julián. Estaba asomado por la borda, justo encima de ellos. La luz de la luna iluminaba su rostro, y Elena vio algo que nunca olvidaría: la máscara de esposo amoroso se había caído por completo. Sus ojos estaban inyectados en sangre y sus facciones estaban desencajadas por una rabia animal. En su mano derecha ya no ocultaba el objeto; era una barra de metal, pesada y brillante.
—¡Sube a esa mujer ahora mismo, maldito viejo! —rugió Julián, señalando al capitán—. ¡Te pagué para que manejaras el barco, no para que te metieras en mis asuntos!
—Lo que usted me pidió no es un asunto, es un crimen —respondió Ricardo, mientras soltaba con manos expertas las amarras que unían la lancha al yate—. Y yo no soy un asesino.
—¡Te vas a arrepentir! —Julián lanzó la barra de metal con una puntería aterradora. El objeto golpeó el borde de la lancha, apenas a unos centímetros de la rodilla de Elena, haciendo un ruido metálico que resonó en la inmensidad del océano.
Julián empezó a correr hacia la escalera lateral, desesperado por alcanzarlos antes de que se alejaran. Elena vio cómo sus dedos se aferraban a la barandilla, saltando los escalones de tres en tres.
—¡Arranque! ¡Por favor, arranque! —suplicó Elena, rompiendo en llanto por primera vez.
Ricardo tiró de la cuerda del motor. Un estornudo de humo y ruido, pero nada. El motor no encendía. Julián ya estaba en la plataforma, a solo unos metros de distancia. Su rostro era una mueca de odio puro.
—¡No vas a ir a ningún lado, Elena! ¡Todo lo que tienes es mío! ¡Tú no te mereces esa fortuna, solo eres una niña mimada que no sabe lo que es el poder! —gritaba Julián mientras se lanzaba hacia adelante para atrapar el borde de la lancha.
Ricardo tiró de nuevo. Nada. Julián estiró el brazo y sus dedos rozaron el borde de la lancha. Elena se encogió en el asiento, cerrando los ojos, esperando sentir las manos de su verdugo sobre ella.
—¡Ahora no, maldita sea! —exclamó el capitán, dándole un tirón final con todas sus fuerzas.
El motor rugió a la vida con un estallido de potencia. El agua burbujeó violentamente y la lancha saltó hacia adelante, impulsada por la hélice. Julián, que tenía parte de su peso apoyado en la embarcación, perdió el equilibrio y cayó de bruces al agua salada.
Elena abrió los ojos y vio la figura de su esposo hundiéndose momentáneamente bajo las olas, para luego emerger gritando insultos que se perdían en el ruido del motor. Ricardo no miró atrás. Giró el timón y puso la lancha a máxima velocidad, alejándose del Misterio del Mar, que se quedaba atrás como un mausoleo flotante.
Durante los primeros diez minutos, ninguno de los dos habló. El viento les azotaba la cara y el rocío del mar empapaba sus ropas. Elena abrazaba sus propias rodillas, temblando incontrolablemente. La oscuridad a su alrededor era absoluta, solo rota por las luces distantes del yate que se hacía cada vez más pequeño en el horizonte.
—¿A dónde vamos? —preguntó ella finalmente, con la voz rota.
—A la costa de San Judas —respondió Ricardo sin apartar la vista del frente—. Tengo amigos allí. Gente que no se vende por los dólares de su esposo. Estará segura.
Elena miró hacia atrás. El yate ya era solo un punto de luz en la negrura. De repente, la tristeza que sentía comenzó a transformarse. El dolor de la traición, el vacío de saber que el hombre con el que dormía quería verla muerta, empezó a quemar como el ácido. No era solo miedo. Era algo más profundo. Algo más oscuro.
Recordó todas las veces que Julián le había dicho que ella era «frágil». Recordó cómo él se había encargado de administrar la fortuna de su padre «para que ella no tuviera que preocuparse». Recordó las sonrisas falsas y los abrazos que ahora se sentían como las vueltas de una soga alrededor de su cuello.
Se puso de pie en la lancha, tambaleándose un poco por el movimiento. Ricardo la miró de reojo, preocupado.
—Señora, siéntese, es peligroso.
Elena no lo escuchó. Sus ojos estaban fijos en la inmensidad del mar. Se pasó una mano por la cara, limpiándose las lágrimas y el rímel corrido, revelando una mirada que el capitán nunca había visto en ella. Ya no era la heredera asustada. Era una mujer que acababa de nacer de las cenizas de una traición.
—Él cree que esto terminó aquí —dijo ella, y su voz no temblaba. Era fría, cortante como el cristal—. Él cree que me dejó en medio del mar para que desapareciera.
Elena se giró y miró directamente al vacío, como si pudiera ver a través de la oscuridad, a través de la pantalla del destino, hablándole a cualquiera que pudiera escuchar su historia.
—Julián pensó que yo era su presa —continuó, con una sonrisa amarga dibujándose en sus labios—. Pero no sabe que me acaba de dar el arma más poderosa del mundo: la verdad. Me quería muerta para quedarse con mi dinero. Pues ahora, va a desear haberme matado de verdad, porque voy a usar cada centavo, cada contacto y cada aliento de mi vida para enterrarlo tan profundo que el mismo diablo tendrá que cavar para encontrarlo.
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