El aire acondicionado de la sala de ventas de «Elite Motors» soplaba con una frialdad metálica, casi tan gélida como la mirada que Ricardo, el gerente general, le clavaba al hombre que acababa de entrar.
El aroma a cuero nuevo de los coches deportivos y el brillo impecable de los pisos de mármol contrastaban violentamente con la figura de Mateo.
Mateo no vestía un traje de tres piezas ni llevaba un reloj que costara lo mismo que una casa pequeña.
Llevaba una chaqueta de lona algo descolorida por el sol, unos jeans que habían visto mejores épocas y cargaba bajo el brazo un sobre de manila arrugado, como si fuera el tesoro más preciado de un náufrago.
Ricardo se ajustó el nudo de su corbata de seda, sintiendo una punzada de irritación en el pecho.
Para él, el éxito se medía en el brillo de los zapatos y en la firmeza del apretón de manos, y aquel «vago», como lo llamó mentalmente, no cumplía con ninguno de sus estándares.
—Le he dicho que no recibimos a vendedores ambulantes, caballero —soltó Ricardo, elevando la voz lo suficiente para que los otros vendedores y los dos clientes adinerados que estaban en el fondo lo escucharan.
—No soy un vendedor ambulante, señor —respondió Mateo con una calma que pareció enfurecer aún más al gerente—. Mi nombre es Mateo, y vengo a hablar sobre el lote de importación de la serie Alpha.
Ricardo soltó una carcajada seca, un sonido desprovisto de humor que resonó contra los cristales del concesionario.
—¿La serie Alpha? ¿Usted? —preguntó, barriendo a Mateo con una mirada cargada de desprecio—. Esa serie es exclusiva, limitada y solo se maneja a niveles que usted ni siquiera puede imaginar en sus sueños más salvajes.
Mateo intentó abrir el sobre para mostrarle los documentos, pero Ricardo extendió la mano, deteniéndolo antes de que pudiera sacar un solo papel.
—No pierda su tiempo ni me haga perder el mío. Aquí vendemos sueños de lujo, no chatarra de segunda mano.
—Si tan solo me permitiera mostrarle la propuesta… —insistió Mateo, manteniendo un tono de voz respetuoso que contrastaba con la agresividad del otro.
—Lo que usted tiene en ese sobre mugriento debe ser algún tipo de estafa o, peor aún, una pérdida total de mi valiosa tarde —sentenció Ricardo, acercándose un paso más, invadiendo el espacio personal de Mateo.
El gerente llamó a los dos guardias de seguridad que custodiaban la entrada principal con un gesto imperioso de la mano.
—Acompañen a este señor a la salida —ordenó—. Y asegúrense de que no vuelva a merodear por aquí. No queremos que nuestros clientes reales se sientan incómodos con este tipo de… presencias.
Mateo suspiró, no por rabia, sino por una profunda decepción. Miró a los ojos de Ricardo y, por un segundo, el gerente sintió un escalofrío extraño, una sensación de que algo no encajaba en esa mirada tan serena.
—La apariencia a veces es el velo más grueso, señor gerente —dijo Mateo suavemente mientras los guardias lo tomaban por los hombros.
—Ahorre sus frases de galleta de la fortuna para alguien a quien le importe —le gritó Ricardo mientras lo empujaban hacia la puerta de cristal—. ¡Y no se le ocurra volver!
Mateo fue escoltado hasta la acera, bajo el sol abrasador del mediodía. Se quedó allí un momento, ajustándose su chaqueta y limpiando el polvo de su sobre de manila.
Dentro del concesionario, Ricardo regresó a su escritorio con una sonrisa de suficiencia, sintiéndose el guardián de un templo que acababa de ser purificado.
Se sentó en su silla de cuero ergonómica, se sirvió un vaso de agua mineral y se preparó para continuar con su rutina de grandeza, sin saber que el reloj de su carrera profesional acababa de empezar una cuenta regresiva que no podría detener.
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