El metal del arma se sentía frío contra la palma de su mano, un contraste violento con el calor de la rabia que le subía por el cuello, nublándole la vista y acelerándole el pulso. Jason no podía dejar de mirar el rostro de Vanessa; esa mujer que, apenas unas horas antes, era el centro de su universo, el motivo de sus desvelos y la razón por la que trabajaba catorce horas al día. Ahora, envuelta en las sábanas de seda que él mismo había comprado en su último viaje a Italia, parecía una desconocida, una intrusa en su propio hogar.
El silencio que siguió a su advertencia fue sepulcral, solo roto por la respiración entrecortada de Julián, el hombre que ahora temblaba frente a él. Jason apretó la mandíbula con tanta fuerza que sintió un crujido en los oídos. No era solo el engaño lo que le dolía; era la puesta en escena, el descaro de profanar el santuario de su matrimonio en su propia cama, mientras él planeaba una sorpresa que cambiaría sus vidas para siempre.
—Jason, por favor, baja eso… —susurró Vanessa, su voz era un hilo quebradizo que apenas lograba salir de su garganta—. Estás asustándonos, esto no eres tú. Tú eres un hombre razonable, un hombre bueno.
Jason soltó una risotada seca, carente de cualquier rastro de humor. Sus ojos, antes llenos de ternura, ahora eran dos pozos de hielo que perforaban la voluntad de su esposa. Miró el regalo que yacía destrozado en el suelo de mármol: una caja de terciopelo azul que contenía un collar de diamantes, diseñado exclusivamente para ella, para celebrar su quinto aniversario. Los cristales rotos de la base del regalo brillaban bajo la luz de la lámpara de noche, como fragmentos de su propia alma esparcidos por la habitación.
—¿Un hombre bueno? —preguntó Jason con una calma que resultaba más aterradora que cualquier grito—. Un hombre bueno es el que llega a casa temprano para celebrar que su empresa acaba de cerrar el contrato más grande de su historia. Un hombre bueno es el que confió ciegamente en la mujer que juró amarlo en la salud y en la enfermedad. Lo que ves ahora, Vanessa, es simplemente el hombre que acabas de crear.
Julián, el amante, intentó cubrirse más con la sábana, un gesto patético que solo aumentó el asco de Jason. El joven no tendría más de veinticinco años; era evidente que su único mérito era un cuerpo trabajado en el gimnasio y una falta absoluta de escrúpulos. Jason lo observó con un desprecio infinito. ¿Por esto lo habían cambiado? ¿Por un muchacho que ni siquiera podía sostenerle la mirada cuando las cosas se ponían difíciles?
—Usted… usted no entiende, señor —balbuceó Julián, con las manos aún en alto, las palmas sudorosas brillando bajo la luz—. Vanessa me dijo que ustedes ya no estaban bien, que el divorcio era un hecho. Yo solo… yo solo vine porque ella me llamó.
—¡Cállate, Julián! —gritó Vanessa, desesperada por controlar una situación que se le escapaba de las manos—. Jason, escúchame. Es cierto, me sentía sola. Siempre estás viajando, siempre en reuniones, siempre con el teléfono en la mano. ¿Qué esperabas que hiciera? Soy de carne y hueso, necesito atención, necesito sentirme viva.
Aquellas palabras fueron como sal en una herida abierta. Jason sintió un vacío en el estómago. ¿Era así como ella justificaba su traición? ¿Convirtiéndolo a él en el culpable de su propia deshonra? El peso del arma en su mano derecha parecía aumentar con cada mentira que salía de la boca de su esposa.
—¿Te sentías sola en esta mansión de diez habitaciones? —preguntó Jason, dando un paso adelante, lo que provocó que Julián se encogiera aún más—. ¿Te sentías sola con la tarjeta de crédito sin límite que usas cada tarde en las boutiques más caras? ¿Te sentías sola mientras yo me mataba trabajando en Singapur para que nunca te faltara nada?
Vanessa comenzó a llorar, pero esta vez no eran lágrimas de arrepentimiento, sino de miedo puro. Sabía que había cruzado una línea de la que no había retorno. El Jason que ella conocía, el hombre paciente y protector, se había evaporado, dejando en su lugar a un juez implacable que sostenía su destino en la punta de un cañón.
—No lo hagas, Jason —rogó ella, cayendo de rodillas sobre la cama, con las manos entrelazadas en un gesto de súplica—. Piensa en lo que dirá la gente, piensa en tu carrera. Si disparas, lo perderás todo.
Jason la miró fijamente, su sonrisa se volvió aún más gélida. Lentamente, giró su cuerpo, pero no para bajar el arma, sino para posicionarse de tal manera que su perfil quedara perfectamente encuadrado hacia la pequeña cámara de seguridad oculta que él mismo había instalado esa mañana, sospechando que algo no andaba bien.
—Esto apenas comienza… —repitió, con una voz que vibraba de una seguridad siniestra—. Ustedes creyeron que este era un encuentro privado, que sus secretos quedarían entre estas cuatro paredes. Pero el mundo entero está a punto de conocer la verdadera cara de la «pareja perfecta». No te lo pierdas…
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