«¡Papá! ¡Por favor, detente! ¡No te vayas en ese autobús!», gritó Mateo con los pulmones a punto de estallar.
El aire en la Terminal del Sur estaba cargado de ese olor penetrante a combustible diesel y a despedidas amargas.
Mateo corría esquivando maletas, niños que lloraban y vendedores ambulantes que ofrecían café caliente en vasos de unicel.
Sus tenis golpeaban el pavimento sucio con un ritmo desesperado, mientras el sudor le bajaba por la frente, nublándole la vista.
Allí, frente a la puerta del autobús número 405, estaba él: Don Manuel.
Su padre se veía más pequeño de lo que Mateo recordaba, como si los últimos días le hubieran robado centímetros de estatura.
Llevaba puesto ese saco gris que siempre usaba para las ocasiones especiales, pero ahora se veía arrugado y triste.
En su mano derecha, sostenía una maleta de cuero viejo que parecía contener mucho más que ropa. Parecía cargar una vida entera.
Mateo llegó hasta él y, sin decir una palabra más, lo rodeó con sus brazos en un abrazo asfixiante, de esos que intentan pegar los pedazos rotos.
El joven perdió la compostura por completo; sus hombros temblaban violentamente contra el pecho de su padre.
«Papá, no puedes hacernos esto… No puedes irte así», sollozó Mateo, hundiendo la cara en el hombro de Manuel.
El hombre no le devolvió el abrazo de inmediato. Sus brazos permanecían rígidos a los costados, como si hubiera olvidado cómo dar afecto.
La gente a su alrededor empezó a murmurar, algunos se detenían a mirar la escena con lástima, otros con la indiferencia de quien ya ha visto demasiados dramas.
«Ya no hay vuelta atrás, mijo», respondió Manuel con una voz que sonaba a piedra y cansancio.
Era una voz que Mateo no reconocía. No era la voz que le contaba cuentos de niño, ni la que lo regañaba por llegar tarde.
Era la voz de un hombre que se había quedado vacío por dentro, un hombre que ya no tenía nada que perder porque ya lo había perdido todo.
Mateo se separó un poco, lo suficiente para mirar a su padre a los ojos, buscando una chispa de duda, un rastro de duda.
«¿Pero por qué nos dejas? ¿Por qué ahora?», exigió Mateo, pasando del llanto a la indignación en un segundo.
Su mente repasaba los últimos meses en casa: las cenas en silencio, las puertas cerradas, los suspiros de su madre en la cocina.
Pero nada de eso justificaba que su padre estuviera allí, a punto de subir a un autobús que lo llevaría a cientos de kilómetros de distancia.
Manuel suspiró, un sonido largo y pesado que pareció vaciarle los pulmones por completo.
Miró el reloj de la terminal, ese gran disco digital que marcaba los minutos finales de su estancia en la ciudad que lo vio envejecer.
El conductor del autobús comenzó a recoger los últimos boletos, haciendo una señal impaciente con la mano hacia los pasajeros que faltaban.
«Sube ya, jefe, que el camino es largo y el tráfico no perdona», gritó el conductor, ajeno al drama que se desarrollaba a pocos metros.
Mateo apretó los puños. Sentía que el suelo se abría bajo sus pies y que su mundo se desmoronaba entre el humo de los escapes.
«Dime la verdad, papá. Si te vas ahora, no te lo voy a perdonar nunca. ¡Dime por qué nos abandonas!», gritó el joven.
El resentimiento en la mirada de Manuel se encendió como una brasa golpeada por el viento, una luz roja y peligrosa.
Era el momento que ambos habían estado evitando, el choque frontal que llevaban meses esquivando en los pasillos de su casa.
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