Continuamos con la historia justo en el momento en que la confrontación alcanza su punto más álgido…
La joven, que hasta ese momento se había mantenido callada, soltó una pequeña risa burlona que encendió una chispa de fuego en los ojos de Camila.
Se acomodó el tirante del vestido rojo, el mismo que Camila había usado para celebrar su quinto aniversario, y miró a Ricardo antes de volverse hacia la esposa.
—Ay, por favor, Ricardo —dijo la chica con una voz chillona y llena de veneno—. Ya dile la verdad. No tiene sentido seguir con este teatro.
Ricardo sudaba frío. Miraba a Camila y luego a su amante, atrapado entre el pánico de perder su estilo de vida y la presión de la mujer que tenía enfrente.
—¡Cállate, Vanessa! —le gritó Ricardo, perdiendo por completo los papeles—. Camila, escúchame, no es lo que parece. Ella es la hija de un inversionista… se le manchó su ropa y…
—¿Y decidiste que lo mejor era abrir mi armario personal, sacar el vestido más caro que tengo y prestárselo? —interrumpió Camila con una calma aterradora—. ¿En serio, Ricardo? ¿Esa es la mejor mentira que se te ocurre después de diez años de matrimonio?
Vanessa, la amante, se levantó de la silla con una lentitud provocadora. Caminó rodeando la mesa, dejando que la seda del vestido rozara sus piernas, y se detuvo a pocos centímetros de Camila.
—La verdad, querida, es que este vestido me luce mucho mejor a mí —soltó Vanessa con un descaro absoluto—. Él ya no te quiere. Me dice todas las noches que está cansado de tu control, de tu dinero y de tu actitud de reina.
Camila sintió una punzada en el pecho, pero no permitió que ni una sola lágrima asomara a sus ojos. Había aprendido hacía mucho tiempo que, ante los lobos, uno no debe mostrar sangre.
Ricardo intentó intervenir, poniendo una mano en el hombro de Camila, pero ella se apartó como si el contacto le quemara.
—No me toques —le advirtió Camila—. No tienes idea del error que acabas de cometer. Pensaste que este penthouse, este vino y esta vida te pertenecían por derecho propio, pero olvidaste un pequeño detalle.
Camila caminó hacia el interior del apartamento, dirigiéndose a la pequeña oficina que compartían. Ricardo la siguió, tropezando con sus propios pies, rogando, pidiendo perdón, diciendo que fue una debilidad del momento.
—¡Fue solo una vez, Camila! ¡Te lo juro! Ella no significa nada —gritaba él, mientras Vanessa se quedaba en el balcón, observando la escena con aburrimiento, todavía luciendo el vestido robado.
Camila se sentó frente a la computadora y encendió la pantalla. Sus dedos volaban sobre el teclado con una precisión quirúrgica.
—¿Sabes qué es lo que más me duele, Ricardo? —preguntó ella sin mirarlo—. No es que te hayas buscado a alguien más joven. Es que usaras mi casa, mi comida y mi ropa para financiar tu fantasía de hombre exitoso.
—Camila, no hagas una locura —dijo él, viendo cómo ella entraba al portal del banco—. Podemos hablarlo. Mañana mismo ella se va, le pido que me devuelva el vestido, lo mandamos a la tintorería…
Camila soltó una carcajada seca, carente de cualquier rastro de humor.
—¿La tintorería? Ricardo, ese vestido está manchado de algo que no sale con jabón. Está manchado de tu bajeza.
En ese momento, Camila hizo el primer movimiento maestro. Con un solo clic, bloqueó todas las cuentas conjuntas. Pero no se detuvo ahí.
Ella era la administradora principal de la empresa de consultoría que Ricardo dirigía, una empresa que, legalmente, estaba a nombre de una sociedad donde Camila poseía el 70% de las acciones.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó él, acercándose a la pantalla con los ojos desorbitados.
—Estoy recuperando lo que es mío —respondió ella—. He detectado movimientos extraños en la cuenta corporativa durante los últimos tres meses. Compras en joyerías, reservas en hoteles de lujo, depósitos a una cuenta a nombre de… veamos… «Vanessa Duarte».
Ricardo se quedó mudo. No sabía que Camila lo vigilaba tan de cerca.
—Eso es fraude, Ricardo. Estás usando fondos de la empresa para gastos personales y para mantener a tu amante. Y como yo soy la socia mayoritaria, acabo de enviar un informe detallado a nuestro equipo legal y una denuncia formal por malversación de fondos.
—¡Estás loca! ¡Me vas a arruinar! —rugió Ricardo, intentando arrebatarle el ratón de la mano.
Camila se levantó de la silla con una dignidad que lo hizo retroceder.
—No, Ricardo. Tú te arruinaste solo el día que decidiste que mi respeto no valía nada.
En ese instante, el teléfono de Ricardo comenzó a sonar. Era una notificación de su banco. Su tarjeta de crédito personal, que en realidad era una extensión de la de Camila, había sido cancelada.
Vanessa entró al salón, notando que el ambiente había cambiado drásticamente. El aire de triunfo que traía en el balcón se había evaporado al ver la cara de terror de Ricardo.
—¿Qué pasa, Richie? ¿Por qué esa cara? —preguntó ella, todavía usando ese tono infantil.
—Pasa que tu «Richie» ya no tiene cómo pagar ni la cena que se acaban de comer —dijo Camila, cruzándose de brazos—. Y tú, jovencita, más vale que te quites ese vestido ahora mismo si no quieres que incluya «robo de propiedad privada» en la denuncia que ya está en camino.
Vanessa palideció. La seguridad que le daba el dinero de Ricardo se desmoronó al entender que la fuente se había secado.
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