«Si respiras, estamos muertas las dos, así que trágate el miedo y no hagas ni un solo ruido», susurró la anciana con una voz que era apenas un hilo de aire, pero que cargaba con la autoridad de quien ha sobrevivido a mil tormentas.
Elena sentía que el corazón se le iba a salir por la boca. Estaba encogida en un espacio mínimo, rodeada de huacales de madera que olían a guayaba madura y a tierra húmeda. El polvo del mercado se le metía en la nariz, provocándole unas ganas desesperadas de estornudar, pero se apretó los labios con tanta fuerza que sintió el sabor metálico de la sangre.
Afuera, el estruendo del mercado de la ciudad parecía haberse silenciado para ella, dejando solo el sonido rítmico y amenazante de unas botas pesadas golpeando el cemento. Tac, tac, tac. Cada paso del hombre que la perseguía era como un martillazo en su pecho.
Doña Rosa, la vendedora de fruta que la había acogido sin preguntar, se acomodó el rebozo sobre los hombros y empezó a acomodar unas naranjas con una parsimonia que Elena no podía comprender. ¿Cómo podía estar tan tranquila cuando un lobo estaba a punto de entrar en su territorio?
Elena cerró los ojos y recordó los últimos diez minutos. Todo había sido un borrón de adrenalina. Había corrido por los pasillos estrechos, esquivando puestos de flores, saltando charcos de agua de los puestos de pescado, sintiendo el aliento de ese hombre en su nuca. No era un ladrón común; era alguien que no iba a detenerse ante nada.
«¿Dónde está la perra?», rugió una voz ronca que hizo que Elena diera un respingo involuntario bajo las cajas.
A través de una pequeña rendija entre dos maderas, Elena pudo ver los pies del hombre. Eran unas botas negras, sucias, desgastadas por años de perseguir a gente que no quería ser encontrada. El hombre se detuvo justo frente al puesto de Doña Rosa.
«No sé de qué me habla, joven», respondió la anciana, manteniendo su tono de voz bajo y pausado. «Aquí solo hay fruta fresca y gente trabajadora. Si busca problemas, el cuartel de policía está a tres cuadras».
El hombre soltó una carcajada seca, carente de cualquier pizca de humor. Era un sonido que helaba la sangre. Elena vio cómo el sujeto ponía una mano sobre el mostrador de madera, una mano llena de cicatrices y con los nudillos pelados.
«No me venga con cuentos, vieja. La vi doblar por aquí. Es una muchachita, delgada, con una chaqueta de mezclilla rota. Dígame dónde está y le juro que no le desbarato su teatrito de frutas».
Doña Rosa no se inmutó. Elena, desde su escondite, podía ver la espalda de la anciana. Estaba erguida, firme como un roble centenario. La joven se preguntó por qué esta mujer, a la que no conocía de nada, estaba arriesgando su vida por ella.
«Mire, patrón», dijo Doña Rosa, usando ese término con una ironía que solo los años de sabiduría permiten. «A mi edad, los ojos ya no me sirven para ver jovencitas, sino para ver el hambre y la maldad. Y en usted solo veo lo segundo. Aquí no ha pasado nadie. Si quiere comprar naranjas, son a diez el kilo. Si no, circule, que me espanta a la clientela».
El hombre dio un paso hacia adelante, invadiendo el espacio personal de la anciana. Elena sintió que el aire se le escapaba. Estaba a punto de salir, de entregarse para que no le hicieran daño a la señora, cuando sintió la mano de Doña Rosa —que había bajado discretamente hacia atrás— presionando su hombro por encima de las cajas, dándole una orden silenciosa: quédate ahí.
La tensión era tan espesa que se podía cortar con un cuchillo. El hombre recorrió con la mirada el pequeño puesto. Sus ojos se detuvieron un segundo de más en el montón de cajas de fruta donde Elena estaba escondida. La joven dejó de respirar por completo. Podía oler el tabaco barato y el sudor rancio que emanaba de su perseguidor.
«Si me entero de que me está mintiendo, abuela, voy a regresar y voy a quemar este puesto con usted adentro», sentenció el hombre, escupiendo al suelo justo al lado de las sandalias de Doña Rosa.
Elena escuchó los pasos alejarse, primero lentos, luego más rápidos, perdiéndose entre el bullicio que volvía a cobrar vida en el mercado. Pero no se movió. No podía. Sus músculos estaban rígidos, congelados por el terror.
Pasaron lo que parecieron horas, aunque probablemente solo fueron un par de minutos, hasta que Doña Rosa se agachó y empezó a mover las cajas con una fuerza sorprendente para su edad.
«Ya puedes salir, hija. El mal ya pasó… por ahora», dijo la anciana, extendiéndole una mano callosa y cálida.
Elena salió temblando, con trozos de paja en el cabello y la cara manchada de polvo. Se abrazó a sus propias rodillas en el suelo, sollozando en silencio. La adrenalina estaba bajando y el miedo real estaba tomando su lugar.
«Gracias… de verdad, muchas gracias», alcanzó a decir Elena entre espasmos. «¿Por qué lo hizo? Pudo haberla lastimado».
Doña Rosa se sentó en un pequeño banco de madera y suspiró profundamente. Sus ojos, nublados por las cataratas pero llenos de una luz antigua, miraron fijamente a la joven.
«Porque yo también tuve una hija que una vez necesitó un escondite y nadie se lo dio», respondió con una tristeza que le rompió el corazón a Elena. «Pero ahora dime, ¿qué es lo que ese hombre quiere de ti? Porque no tenía cara de buscar un perdón, sino un tesoro».
Elena se limpió las lágrimas y miró a su alrededor. Los demás vendedores seguían en lo suyo, gritando precios, pesando mercancía, ignorando el drama que acababa de ocurrir a pocos metros de ellos. La normalidad del mercado era casi surrealista.
La joven metió la mano en el bolsillo interno de su chaqueta y apretó un pequeño objeto metálico. Su expresión cambió. El miedo que la había dominado durante la persecución empezó a transformarse en algo más frío, algo más duro. Se puso de pie, se sacudió la ropa y miró hacia la dirección por la que se había ido el hombre.
«Usted no lo sabe, Doña Rosa, y ellos tampoco», dijo Elena, hablando no solo para la anciana, sino para un vacío invisible, como si supiera que alguien más la estaba observando. «Creen que me tienen acorralada, creen que soy una presa fácil que corre por su vida. Pero lo que no saben es que yo no estoy escapando… los estoy llevando exactamente a donde necesito que estén».
Doña Rosa la miró con confusión, pero Elena ya no era la misma niña asustada de hacía unos minutos. Había una chispa de acero en sus ojos, una determinación que no encajaba con su apariencia frágil.
«Hay un secreto que esos hombres ignoran», continuó Elena, mirando directamente a la nada con una intensidad que ponía los pelos de punta. «Y si ustedes supieran lo que hay en este pequeño dispositivo que llevo conmigo, entenderían por qué ese hombre tiene tanto miedo de que yo siga respirando».
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