El eco de los pasos de Rodrigo Valderrama resonaba contra las paredes de concreto del estacionamiento subterráneo como si fueran martillazos sobre un yunque.
Era un sonido seco, autoritario, el sonido de un hombre que no estaba acostumbrado a que el mundo le dijera que no.
El aire en el nivel -4 era pesado, cargado con ese olor rancio a humedad, neumáticos viejos y el aroma dulzón de los perfumes caros que se evaporaban en el encierro.
Rodrigo ajustó los puños de su camisa de seda, sintiendo el roce del oro de su reloj contra la piel, impaciente por salir de aquel sótano y dejar atrás una reunión que le había dejado un sabor amargo en la boca.
Pero la sombra que emergió de entre las columnas no era la de un socio, ni la de un guardaespaldas.
Era Mateo.
Mateo, con su overol azul manchado de una grasa tan vieja que parecía parte de la tela, y esas manos agrietadas que delataban una vida de esfuerzo físico.
El mecánico no solo se acercó; se lanzó prácticamente sobre la puerta del reluciente deportivo italiano de Rodrigo, bloqueando la cerradura con su propio cuerpo.
—¡Quítate de ahí, infeliz! —rugió Rodrigo, su voz rebotando en las paredes y perdiendo fuerza ante la determinación del hombre frente a él—. ¿Tienes idea de cuánto cuesta este traje? Una sola mancha de tu mugre vale más de lo que tú ganas en un año.
Mateo no se movió. Sus ojos, enrojecidos por el cansancio y el polvo, estaban fijos en los de Rodrigo con una intensidad que rozaba la locura.
—No me importa su traje, don Rodrigo. No me importa si me despide o si llama a la policía ahora mismo —dijo Mateo, con la voz quebrada pero firme—. Si usted pone la llave en ese contacto y gira el motor, no va a llegar a la rampa de salida. Se lo juro por la memoria de mi madre.
Rodrigo soltó una carcajada seca, cargada de veneno. No podía creer la audacia de aquel hombre que, apenas unas horas antes, estaba limpiando el aceite derramado en el pasillo de servicio.
Para el CEO de la firma de inversiones más grande del país, Mateo era parte del mobiliario, una herramienta más en el engranaje de su comodidad.
—¿Y ahora resulta que eres vidente? —espetó Rodrigo, dando un paso agresivo hacia adelante—. Apártate. Tengo una cena en quince minutos y no voy a permitir que un tipo que apenas terminó la primaria me diga qué hacer con mi propiedad.
El millonario extendió su mano derecha, una mano que nunca había levantado nada más pesado que una pluma de oro, y empujó a Mateo con todas sus fuerzas.
El mecánico tambaleó, su espalda golpeando el frío metal de la puerta del conductor, pero no se quitó. Sus manos se aferraron al marco de la ventana, sus nudillos blancos por el esfuerzo.
—Escúcheme bien, don Rodrigo —suplicó Mateo, ignorando el dolor en su hombro—. Hace diez minutos vi a alguien salir de debajo de su auto. No era uno de mis compañeros. Tenía guantes de látex y se movía con demasiada prisa. Cuando me vio, salió corriendo por la salida de emergencia.
Rodrigo se detuvo un segundo. Sus ojos recorrieron el auto, buscando alguna señal, pero el vehículo brillaba impecable bajo las luces fluorescentes.
—Estás alucinando, Mateo. Seguro era alguien del mantenimiento de las tuberías. Estás tratando de hacerte el héroe para ver si te doy una propina gorda, ¿verdad? Es eso.
Rodrigo metió la mano en su bolsillo, sacó un fajo de billetes y los arrojó al suelo, cerca de las botas gastadas del mecánico.
—Ahí tienes. Recógelos y lárgate a emborracharte a otra parte, pero déjame pasar.
Mateo ni siquiera miró el dinero. Los billetes de alta denominación quedaron allí, esparcidos sobre el suelo grasiento, ignorados.
—No es dinero lo que quiero, jefe. Quiero que mañana pueda despertar y ver a sus hijos —dijo Mateo, y por primera vez, hubo algo en su tono, una vibración de terror genuino, que hizo que Rodrigo vacilara.
Sin embargo, el orgullo es un monstruo que se alimenta de la razón. Rodrigo no podía permitirse ser «salvado» por alguien que consideraba inferior.
—Última advertencia, Mateo. Si no te mueves en este instante, voy a llamar a seguridad y me voy a asegurar de que no vuelvas a conseguir trabajo ni limpiando letrinas en este país.
El silencio que siguió fue denso, casi sólido. Se podía escuchar el goteo lejano de una tubería y el zumbido constante de los ventiladores.
Mateo cerró los ojos por un segundo, como si estuviera rezando una oración silenciosa, y luego volvió a mirar al hombre que lo despreciaba con tanta naturalidad.
—Hágalo —susurró Mateo—. Llame a quien quiera. Pero no lo voy a dejar entrar a ese auto. No hoy.
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